Desde luego que eran otros tiempos, sin punto de comparación con los actuales. Por eso era posible que alguien que se autodefinía como “un aldeano” (y no lo decía precisamente para parecer humilde o quitarse importancia) permaneciese durante más de un mes con un dedo roto de la mano derecha y sin dejar de jugar. La proximidad de partidos de enjundia le llevó a mantener en secreto una lesión incompatible con su demarcación, que ocultó bajo el guante y trató de remediar metiendo la mano en el agua helada del río que corría junto a su caserío (y de paso aprovechaba para coger unos cangrejos, soltaba tan serio). Un alivio casero del que se valió hasta que ya no pudo soportar el dolor y se descubrió el pastel.
Al escuchar historias de este tipo, extraídas de las casi dos décadas en que ejerció el profesionalismo, se comprende cuán diferente eran el fútbol, el Athletic, la sociedad; se comprueba de qué pasta estaban hechos aquellos niños de la posguerra que fueron capaces de competir y de elevar el listón de un club habituado a los títulos.
“Nuestro equipo ha sido el mejor que ha habido porque era el más completo”, sostenía Carmelo Cedrún y, pese a la carga de subjetividad que subraya tal afirmación, resulta innegable que protagonizó dos triunfos que permanecen en lo más alto del escalafón de los episodios gloriosos del club: el partido de la nieve en San Mamés ante el Manchester United y la final de Copa del Generalísimo, que así se llamaba, arrebatada al Real Madrid en su estadio. Huelga mencionar la significación política de este segundo hito. En ambas oportunidades, ahí estuvo Carmelo, clavado en el área que defendía con sobriedad y sin miramientos, dando el callo y la talla junto a otros diez aldeanos como él, campeones.