Cuando estas líneas salgan publicadas, Venezuela habrá pasado ya una semana sumida en el shock del doble terremoto que asoló varias regiones del país. Las imágenes y las voces que circulan en redes y la información de la prensa estremecen el corazón y evidencian la impotencia humana ante el poder desatado de la naturaleza. Sin control y sin ética, sin remordimientos, no hay distinción entre buenos o malos: a esas fuerzas no las sujeta poder alguno, ni siquiera alcanzamos a comprenderlas.

Sin embargo, este desastre pone también de manifiesto la incapacidad del Estado –que debe amparar a sus ciudadanos– para afrontar la crisis y sus consecuencias. Primero, la pérdida de vidas; luego, la destrucción de bienes fundamentales para la vida. El aparato estatal se ha visto completamente desbordado, mostrando una alarmante incapacidad para suministrar alimentos, refugio o cobertura sanitaria básica. La gestión de la crisis expone la fragilidad institucional de la Venezuela post-Maduro, atrapada en un colapso que asimila el territorio a un Estado fallido. Pero, al mismo tiempo, la reacción de su sociedad civil renueva la fe en nuestra condición humana: levantan escombros con sus propias manos, ofrecen cobijo y comida, y sostienen los precarios servicios sanitarios. La ciudadanía venezolana –y, cabe decirlo, la de muchos otros países– supera con creces a sus gobernantes. Desde Euskadi, un abrazo solidario.