Ave, Ave, César, morituri te salutant fue lo único que le faltó decir a Ilia Topuria antes de participar en los jardines de la Casa Blanca en la fiesta de Donald Trump por su 80º cumpleaños. A imagen y semejanza de los antiguos emperadores romanos, Trump organizó una velada cuyo acto central fue un combate de UFC, en el que el luchador estadounidense Josh Hokit derrotó al hasta entonces invicto Topuria en un violentísimo enfrentamiento en el que la sangre terminó por cubrir todas las vergüenzas expuestas. Trump ha transformado la Casa Blanca en un coto privado con moqueta institucional. Al magnate neoyorquino le gustan especialmente dos cosas: los focos y el poder. Y, por supuesto, apropiarse del escenario presidencial para un gesto tan aparentemente trivial como una fiesta de cumpleaños resulta muy eficaz. La jugada es vieja, pero sigue funcionando. No se trataba solo de un cumpleaños en la Casa Blanca, sino de una escenificación. Un recordatorio de quién manda, de quién ocupa el centro y de que, en la política de Trump, la frontera entre institución y vanidad ya no existe. Lo importante no es la fiesta, sino el mensaje: no hablamos de un presidente cualquiera, sino de un hombre que convierte una celebración personal en un acto de afirmación política. Y tampoco hay que ser ingenuos. También hay cálculo. Trump sabe que cuanto más teatral sea y más se exhiba, más protegido estará y más difícil será criticarle en clave política. Topuria puede perder un combate; Trump, en cambio, rara vez pierde la escena.
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