La mejor estrategia para romper algo es desde dentro. Nunca falla. No hay nada como una buena implosión cuando se trata de reducir a escombros lo que sea: una casa, una banda musical o un gobierno. La receta también es válida para la estructura que sostiene la protección social de un país. En ese frente hay que ubicar sin ir más lejos la entrada de Vox en el ejecutivo extremeño. Que la comunidad más pobre –con perdón por el adverbio y el adjetivo– de España vote de forma mayoritaria a la derecha –la pésima y la peor– es todo un síntoma del hundimiento del sistema. Los náufragos renuncian a los salvavidas que ven pasar porque intuyen que flotan por efecto de la densidad, sin aire. Vox aprovecha la marea alta para empotrarse en las administraciones y desgastarlas. Se empieza por la prioridad nacional en el acceso a los servicios públicos y se termina por convencer a los mileuristas de que lo mejor es no pagar impuestos y costearse cada uno la Sanidad y la Educación. Esa droga siempre ha sido del gusto del Partido Popular, al nivel de lo de destruir presuntamentamente discos duros y documentos con clasificiación B. Lo triste es que el mensaje cala incluso en los lugares más insospechados. Y en plena campaña de la Renta, con la sensibilidad a flor de piel, a veces toca tomarse una cerveza con alguien con sueldo hors categorie, cliente de la sanidad y educación privadas, y que se queja por pagar a Hacienda solo por las carreteras. El panal zumba cada día con más fuerza y las avispas están entre nosotros.