Hay mantras que golpean en modo péndulo a quien asoma la cabeza en el territorio espinoso de lo acaecido en el pasado. La historia la escriben los vencedores, la verdad la guardan los vencidos (Bertolt Brecth), ¿Qué es la historia sino una fábula consensuada? (Napoleón Bonaparte), Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo (George Santayana)... Si hay pensadores o protagonistas que perdieron la fe en el relato, que nos queda al resto. Todo se precipita cuando la guerra retumba, aunque sea a miles de kilómetros. También se enfanga. En el caso de la guerra en Irán estamos atrapados entre un sátrapa con evidentes síntomas de demencia y un régimen dictatorial que vulnera derechos como quien pasa las hojas de un libro, por ejemplo el Corán. Las alternativas en caso de posicionarse son hoguera o leones. Aquí se ve que estar en el lado bueno de la historia en el presente no es nada sencillo. Desde luego no hay garantía de que el tiempo ponga a cada en su sitio. La foto de los tres presidentes en la cumbre de las Azores es uno de los síntomas. La reelección de Donald Trump, poner de nuevo en su mano el joystick de la guerra, es una auténtica pandemia. La frontera imaginaria entre el bien y el mal desde la perspectiva histórica tiene en muchos casos la textura de un queso emmental. Con todo es difícil inhibirse ante este acontecimiento, sobre todo para quien tiene responsabilidad política. Pero yo diría que no se puede fallar en estos momentos si se escoge el lado contrario al de Trump.