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Asier Diez Mon

Sentirse seguro

El miedo es un caballo desbocado imposible de detener que pasta en la cabeza. De modo que en ocasiones salta la valla de la realidad y se convierte en percepción subjetiva, no sujeta al análisis externo. Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU/UPV) presentó ayer el informe Diagnóstico de la Seguridad en Bilbao. La investigación de los autores es más profunda que el balance de los ciudadanos y la conclusión devora prejuicios: La capital vizcaina “ilustra de manera clara la diferencia entre seguridad real y seguridad percibida”. El escenario no es nuevo. Tengo amigos que sostienen que vivir en Santutxu a mediados de los años 90 del siglo pasado estaba al nivel de riesgo del Bronx. Es lo que pasa cuando se suelta la mano de ama o aita y se afronta sin filtro una realidad que no es la propia: jóvenes que se drogan y roban a otros. Hace treinta años el recelo lo generaban las personas que llegaban de Extremadura o Castilla, o sus hijos, que en algunos casos no recibían los estímulos o el apoyo necesario para formarse y buscar un futuro. Ahora se mira con desdén a los extranjeros con los que se comparte acera y no se cruza una palabra. El reto es ampliar el círculo de confianza colectivo y atraer a los que no pueden acceder a él aunque lo intentan. Y tener claro que la mayoría de ellos no llega con el objetivo de delinquir, lo hace en busca de un futuro que se debe construir en el presente. Sentirse seguro es un estado de ánimo y reforzarlo, más allá de la vigilancia de patrullas policiales, está muy ligado a la mirada de cada uno.