Desde pequeña, mis aitas me inculcaron la importancia de ciertos gestos que hoy parecen casi reliquias: saludar al entrar, dar las gracias, y ceder el asiento a quien lo necesita más. Pequeñas normas de convivencia que, más allá de la cortesía, son una forma de respeto hacia los demás. El otro día, en un viaje en tranvía, tuve la sensación de que esa educación se ha ido diluyendo. Subió una mujer embarazadísima, y nadie se levantó. Algunos fingían estar absortos en el móvil, otros se refugiaban en la ventana o en sus pensamientos. Nadie pareció verla. No todos los que iban sentados eran jóvenes, pero tampoco hacía falta serlo para darse cuenta de la situación. La mujer subió en San Mamés y se bajó en el Guggenheim sin que nadie tuviera el detalle de ofrecerle el asiento. Nos cruzamos una mirada de complicidad y sorpresa, como si ambas nos preguntáramos lo mismo. Puede parecer una anécdota menor, pero refleja algo más profundo: una erosión en las normas básicas de convivencia. Vivimos tan pendientes de las pantallas, tan encerrados en nuestro pequeño mundo, que hemos dejado de mirar alrededor. Y cuando se deja de mirar, también se deja de empatizar. La educación no solo se mide en títulos o conocimientos, sino en gestos cotidianos. Confieso que yo sigo levantándome cuando entra una persona mayor o alguien que lo necesita. Es lo que aprendí en casa, y lo que intento mantener. Aunque, eso sí, alguna vez me han cedido el asiento a mí… y entonces me asalta la duda: ¿fue por educación o porque ya me vieron mayor?
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