Se ha hecho largo
– Por fin. El féretro de Isabel II ha llegado a su destino después de miles y miles de kilómetros de rule por las islas británicas transmitidos al segundo y sin que faltara el menor de los detalles. Con un poco de suerte, hoy nos quedará la resaca. Los medios convencionales y novísimos terminaremos de regurgitar los restos de serie del brutal atracón fúnebre, e iremos buscando otro modo de llenar el vacío y dar alpiste al personal. Conste que defendí y sigo defendiendo que el fallecimiento de la soberana que se ha mantenido al pie del cañón durante los últimos 70 años es un acontecimiento planetario de primer orden. Había motivos para concederle un enorme relieve informativo. Lo que no cabía en mi imaginación es que la intensidad se mantuviera inalterable durante los diez días que han transcurrido desde que se produjera el regio óbito.
Hay demanda
– Más allá del hastío, quizá quepa alguna que otra reflexión sobre el porqué de la matraca infinita. Apunto, en primer lugar y como elemento más obvio, que todo lo relacionado con la muerte –y tanto más, si es de personas célebres– es un éxito de audiencia seguro. Ni siquiera diría que es algo propio de nuestro tiempo. La necrofilia siempre ha sido uno de los instintos básicos de la humanidad. Explotado con los métodos modernos de difusión, que incluyen la posibilidad de seguir el periplo de un cadáver prácticamente desde el interior del ataúd o de captar cada reacción de sus deudos (innumerables y de caracteres bien variopintos en este caso), eso es un filón para los programadores de televisión o los que dirigen el tráfico de las cabeceras digitales. Ojo, que no les culpo: si actúan así es simplemente en cumplimiento de la ley de la oferta y la demanda. Y como se demostró ayer mismo, cuando casi uno de cada dos habitantes del planeta siguió algún momento de las exequias, resulta que el nicho de mercado (curiosa expresión) al que vender el producto es muy amplio.
Entretener al personal
– Pero tampoco la cojamos llorona. Cálmense los que se mesan los cabellos pensando que hemos asistido, incluso en nuestro supuestamente indómito terruño, a un rearme monárquico por la vía sentimentaloide. Esto es flor de un día, o de diez, como mucho. Y poco tiene que ver con las convicciones de la gente, sino con su necesidad de pasar el rato. Siempre he defendido que el papel de las monarquías a estas alturas del tercer milenio es procurar entretenimiento al populacho. A fe que los Windsor lo han hecho en esta semana y pico. Igual, por cierto, que los Borbones, en su muy logrado cameo en las honras fúnebres.