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La vuelta de Javier Vizcaino

Javier Vizcaíno

Feijóo no es un mindundi

HE sonreído al ver que los opinateros del ultramonte mediático glosaban a Alberto Núñez Feijóo como vencedor indiscutible del duermeovejas cara a cara del martes en el Senado. Pero también se me ha descoyuntado un rato el bullarengue al ver cómo los paladines progresís proclamaban el triunfo de su señorito Sánchez. Lo hacían, además, adornándose con cacharrería discursiva de lo más violenta: hablaban de paliza, pisoteo, mandobles, zarandeo, zascas, aplastamiento, humillación y chulopiscinadas por el estilo. Todo un retrato de su visión de la política como un ejercicio donde el abuso y la bravuconería están por encima de los argumentos para convencer. Nada que sorprenda en matones que luego cantan las mañanas a la tolerancia.

Pero, en este caso, además, es una cantada reincidente. Los que tenemos cierta edad y la memoria en perfecto estado de revista recordamos a aquel pintando como chiquilicuatre —Aznarín, lo motejábamos— que convirtió a Felipe González en jarrón chino y miembro muy bien remunerado de un puñado de consejos de administración. Ídem de lienzo, respecto a Mariano Rajoy, que tras palmar dos elecciones, le plantó a Zapatero una mayoría absoluta de pantalón largo. Ojo, pues, con menospreciar a Núñez Feijóo, que con todo lo flojo que estuviera anteayer en el cementerio de elefantes, tiene en el coleto cuatro gobiernos de Galicia obtenidos por debajo de la patilla. Dentro de un año y unos meses hablamos, pero o esto da un giro copernicano o el próximo inquilino de Moncloa será el tipo ese al que pretenden retratar como un chisgarabís sin media hostia política. l