Dicen que las nuevas ordenanzas de terrazas vienen a poner orden. Ordenar las mesas, las sillas, las sombrillas; domesticar el espacio público como quien peina una plaza para la fotografía. El espacio, que era de todos, empieza a alquilarse por horas. La acera ya no es suelo: es superficie rentable. Y en esa aritmética de consumiciones y licencias, ¿dónde caben los artistas callejeros?
El músico que sopla su trompeta frente a la ría no ocupa metros cuadrados: ocupa silencios. La estatua humana no interrumpe el paso: lo transforma. El malabarista no compite con el camarero: compite con la prisa. Pero las ordenanzas no miden silencios, ni asombros, ni esa moneda invisible que es la mirada de un niño. Miden centímetros. Y el centímetro tiene dueño.
Las terrazas crecen como islas privadas en medio de la marea común. Se cercan con jardineras, con estufas, con biombos que dibujan fronteras invisibles. Allí donde antes un acordeón encontraba eco, ahora hay un cartel que recuerda la normativa. Allí donde el suelo era escenario, ahora es pasillo de servicio. Y el artista aprende a moverse como quien pide permiso para respirar.
No se trata de oponer café a cultura, ni hostelería a poesía. Se trata de preguntarnos quién tiene derecho a la ciudad. La ciudad no es un salón donde solo entra quien paga; es una conversación abierta. Cuando el espacio público se convierte en extensión del negocio privado, la conversación se empobrece. Se vuelve murmullo de platos y datáfonos. Y el aplauso —ese aplauso breve que no figura en los balances— empieza a sonar fuera de lugar.
Bilbao sabe de equilibrios imposibles. Supo sostenerse cuando el acero se derrumbó. Supo imaginarse de nuevo sin renegar del barro. ¿Sabrá ahora escuchar a quienes la cuentan sin micrófono ni contrato? Está por ver.