Hay mañanas en Bilbao en las que la ría parece una cinta de celofán negro que envuelve la ciudad con el mismo fulgor ambiguo con que las grandes superficies envuelven sus descuentos. Llega el Black Friday, ese invento norteamericano que cruza océanos con la facilidad con que el viento sur cruza el puente del Arenal. Y aquí estamos, otra vez, dispuestos a dejarnos seducir por esa liturgia pagana del consumo que adelanta la Navidad como quien corre una cortina antes de tiempo.
Las ventajas, por supuesto, son tan evidentes como los números luminosos que cuelgan de los escaparates. Los comercios –sobre todo los pequeños...– necesitan oxígeno, y estos días de rebajas anticipadas funcionan como una mascarilla de emergencia en mitad del vuelo anual de ventas. Bilbao, que a veces vive al compás de la lluvia, adquiere un pulso más vivo: la gente se anima, se entretiene, se concede algún capricho. El descuento –esas monedas de plata lanzadas sobre el mantel del capitalismo– tiene el poder de reconciliar a uno mismo con el deseo postergado. Y en una época de precios que suben como la marea de enero, encontrar una ganga puede sentirse como un modesto acto de justicia poética.
Pero el Black Friday también llega con su reverso, esa sombra que se esconde detrás del neón. Hay algo de carrera absurda en este rito anual, un vértigo de comprar por comprar, como si la felicidad fuese una prenda que caduca el lunes siguiente. Los transportistas multiplican viajes, el cartón se acumula en los contenedores, los algoritmos vigilan nuestros movimientos con la paciencia de un gato al acecho. En las tiendas, algunos dependientes trabajan con la intensidad de los camareros en noche de fiesta, mientras el pequeño comercio, aun agradeciendo las ventas, se ve obligado a sumarse a la avalancha para no desaparecer tragado por gigantes.
Y luego está esa sensación extraña, casi melancólica, de que el consumo se ha convertido en un calendario paralelo. Antes mirábamos al cielo para saber en qué estación vivíamos; ahora basta mirar al escaparate. El Black Friday no solo adelanta la Navidad: también adelanta el deseo, lo exprime, lo convierte en un mecanismo de relojería que avanza al dictado de campañas globales. Al final, el Black Friday es solo un episodio más en esa novela interminable entre lo que queremos y lo que necesitamos, Hace falta un instinto infalible.