Editorial

Salvaguardar las vacunas

La suspensión preventiva del uso de la vacuna de AstraZeneca es un ejercicio de cautela cuyos límites deben fijarse en base a información científica objetiva y no a consideraciones políticas

17.03.2021 | 00:46

LA prudencia extrema con la que están reaccionando varios gobiernos europeos a un número ínfimo de situaciones de riesgo en personas vacunadas contra el covid-19 con la fórmula de AztraZeneca tiene su cara y su cruz. Es lógica la cautela respecto a la salud de la ciudadanía y conviene no jugar con su percepción de seguridad en relación a la herramienta más útil para combatir la pandemia. El cuestionamiento de las vacunas, desacreditado por su tono terraplanista, no debe ser alimentado con incertidumbres. Pero para ello es preciso que la dimensión de la alerta se sitúe en sus parámetros debidos y no que las decisiones lleguen provocadas por circunstancias no estríctamente sanitarias. Las decisiones en cascada de suspender el suministro de las vacunas son adoptadas por los responsables políticos, pese a que no exista recomendación científica en ese sentido. Bien al contrario, los mensajes de carácter técnico al respecto sostienen que la eventual relación causa-efecto entre el suministro de la vacuna y los episodios más graves que han afectado a la salud no solo no está acreditada sino que los casos de trombos que se analizan en personas vacunadas con AstraZeneca suponen una incidencia por debajo de la estadística constatada con carácter general entre no vacunados. Pero es casi imposible sustraerse al efecto sobre la opinión colectiva de las decisiones de gobiernos como el alemán, francés, italiano, sueco, danés, etc., que han suspendido su uso temporalmente. Llegados a este punto, la preservación de la tranquilidad de la ciudadanía deberá obtenerse con una buena información al respecto y reduciendo al mínimo posible los plazos para disponer de ella y retomar las vacunaciones con todas las opciones disponibles. Lo contrario daría alas a la capacidad de crear alarma que tiene la comunicación no profesional y engrosar una paralizante cautela política preventiva ante una opinión pública orientada en esta crisis con discursos no siempre veraces por la oposición. Países como Alemania, que alberga uno de los movimientos antivacunas más fuertes de Europa, arrastraban ya un problema de confianza en la vacuna de AstraZeneca por las circunstancias que ya llevaron a no aplicarla a determinados grupos de edad. Seguridad máxima pero eficacia imprescindible. Y el baremo científico médico por encima de otras consideraciones

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