Un año de Trump en la Casa Blanca: el fin de las excusas europeas
Hay años que confirman tendencias y otros que obligan a abandonar las comodidades intelectuales. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca pertenece claramente a la segunda categoría. No porque inaugure algo completamente nuevo, sino porque elimina cualquier coartada europea para seguir creyendo que el orden internacional puede sostenerse por inercia, diplomacia ritual o afinidad de valores. Para la Unión Europea, este no es simplemente “el año de Trump”. Es el año en que se hace evidente que la relación transatlántica ya no puede seguir descansando sobre automatismos políticos, garantías implícitas ni una lectura benévola del liderazgo estadounidense. Trump no ha cambiado tanto a Estados Unidos como ha hecho explícito un giro estratégico que venía gestándose desde hace más de una década: menos multilateralismo, más interés nacional; menos alianzas normativas, más relaciones transaccionales.
Entre EE.UU. y China
La diferencia ahora es que Europa ya no puede fingir sorpresa. Durante años, la UE se preparó para gestionar la excepcionalidad trumpista como una anomalía pasajera. Hoy debe asumirla como una variable estructural. Washington ya no es un socio previsible, ni siquiera cuando coincide formalmente con Bruselas en algunos objetivos. Es un actor que prioriza su agenda doméstica, su competencia con China y su margen de maniobra unilateral, incluso a costa de socios históricos. El impacto de este enfoque es profundo. En seguridad, la exigencia de mayor esfuerzo europeo no viene acompañada de una transferencia real de poder ni de autonomía estratégica compartida. En comercio, el proteccionismo selectivo se mantiene, ahora envuelto en un discurso de reindustrialización y seguridad nacional. En tecnología, la lógica es clara: Estados Unidos quiere aliados, pero no competidores; socios, pero no rivales capaces de disputar liderazgo.
Normas frente a decisiones
La respuesta europea, sin embargo, sigue siendo ambigua. Bruselas refuerza su discurso sobre soberanía estratégica, pero duda cuando esa soberanía implica costes políticos, presupuestarios o industriales. Se reclama autonomía en defensa, pero sin resolver la fragmentación del mercado militar ni la falta de mando operativo común. Se defiende la capacidad regulatoria, pero sin un músculo tecnológico que la respalde. Se invoca la unidad europea, pero se toleran divergencias estratégicas profundas entre Estados miembros. Trump no es el problema central de la Unión Europea. Es el espejo. Un espejo que devuelve una imagen incómoda: una potencia normativa que aspira a influir en un mundo gobernado por potencias de decisión; un actor económico de primer orden con dificultades para actuar geopolíticamente; una unión política que avanza en declaraciones, pero retrocede cuando toca asumir liderazgo real.
La madurez de Europa
El riesgo no es el conflicto con Estados Unidos. El riesgo es la irrelevancia estratégica. En un mundo cada vez más organizado en bloques, la UE no puede limitarse a reaccionar, adaptarse o mediar. Debe decidir si quiere ser un polo con capacidad de elección o un espacio de influencia ajena, gestionado desde fuera con cortesía y pragmatismo. El primer año de Trump en esta nueva etapa no debería analizarse en clave emocional ni ideológica, sino como una prueba de estrés para el proyecto europeo. Una prueba que revela hasta qué punto la UE está preparada –o no– para actuar sin tutela, sin red de seguridad y sin garantías externas. La pregunta de fondo no es qué hará Trump con Europa. Es qué hará Europa consigo misma cuando descubra que nadie más va a decidir por ella. Porque este año no va de Estados Unidos. Va de la madurez política de la Unión Europea. Y esa es una prueba que no admite aplazamientos.
