Rojo sobre blanco

Jolgorio y angustia

Habrá que agradecer a no sé qué o quién que los puntos volasen a Bilbao porque el Cádiz se hizo acreedor al menos a sumar uno, que de nada le vale, pero que era lo mínimo que su ofensiva a pecho descubierto merecía

22.04.2022 | 00:17
Vesga, que fue expulsado en la segunda parte por doble amonestación, celebra el tercer gol del Athletic.

QUE el partido tendría mucha miga lo certificaba la propia alineación. Antes de que la pelota rodase, Marcelino exteriorizó alto y claro su deseo de que lo de anoche no pudiese ni siquiera relacionarse con lo acontecido en la jornada anterior, aunque indudablemente existía un hilo conductor reflejado en el elevado número de novedades decididas por el técnico. Hasta seis, medio equipo. Desde luego, del día del Celta no salió un solo héroe y es que todos quedaron señalados. Ya en el descanso, cuando se registró una triple sustitución, medida nada frecuente, se comentó que si el reglamento lo hubiese permitido el cupo de relevados se hubiese disparado.

El hecho de que Marcelino tomase medidas tan drásticas de cara a la visita al Cádiz da una idea ajustada de la dimensión de su disgusto. Las consecuencias de la derrota, el modo en que se gestó y que encima fuese en San Mamés, que por una vez no pudo reprimirse y exteriorizó su mosqueo por lo presenciado, pesaron en su ánimo y así se entiende que los Petxarroman, Yeray, Yuri, Vencedor y Berenguer pagasen los platos rotos. En el lote cabría incluir al indispuesto Sancet, que igualmente estaba destinado a pasar al banquillo. Pero lo dicho, si los apeados de la titularidad hubiesen sido otros, tampoco se hubiera derramado una lágrima. Al fin y al cabo, se asistió a un desastre absoluto, fatalmente inoportuno.

Las mejores imágenes del Cádiz - Athletic. Fotos: EFE

La revolución de entrada obró el milagro. Cabía imaginar la enmienda, pero para nada que el Athletic protagonizase un arranque tan espectacular en el viejo Carranza (es de ley resistirse a la nueva denominación del histórico recinto). Un Athletic desatado, que firmó un inusitado alarde de eficacia en ataque, desarbolando por completo al anfitrión, atónito ante semejante profundidad y puntería. No cabía pedir más y desde esa convicción el paseíllo a la caseta en el descanso se asemejó a un desfile, el de un conjunto intratable, poderoso, justo en la versión opuesta a la del último encuentro. En ese instante, al margen de recordar cuanto se dejó de hacer en casa, el único pensamiento posible versaba sobre la gestión inteligente para la segunda parte que reclamaba el marcador.

Tres goles, un mundo. El Athletic había remachado el clavo que condenaba al cuadro andaluz a expiar su debilidad dentro del ataúd hasta que el árbitro decretase la conclusión de una cita con evidentes tintes dramáticos. Sin embargo, volvió a aflorar la escasa consistencia de los chicos de Marcelino. El choque experimentó un vuelco impresionante, tanto como para que se lo hagan mirar en un bando y en el de enfrente. Del Cádiz solo apuntar que dio gusto ver cómo se negaba a asumir el tropiezo. Sacó de donde nada había para abocar al Athletic a vivir angustiado, un término que ningún cálculo razonable podía siquiera mentar.

Del jolgorio a la angustia. Increíble. Habrá que agradecer a no sé qué o quién que los puntos volasen a Bilbao porque el Cádiz se hizo acreedor al menos a sumar uno, que de nada le vale en su apurada situación, pero que era lo mínimo que su ofensiva a pecho descubierto merecía. El radical intercambio de roles deja en muy mal lugar al Athletic y, se quiera o no, obliga a repasar lo realizado frente al Celta, no en vano la segunda mitad de anoche se antoja una prolongación del reciente desbarajuste perpetrado ante la afición. Estaríamos hablando de que son casi dos maneras, a cada cual más impactante, de flirtear con el ridículo.

¿Qué más necesita para sacar adelante un encuentro que esa ventaja sideral al intermedio? Vaticinar que acabaría ganando al Cádiz no requería un gran esfuerzo, pero de ahí a pasarlas canutas y permitir que su área se convirtiese en una tómbola hay un trecho que el Athletic recorrió para espanto del personal. Incluso perdiendo, los seguidores cadistas acumularon motivos para sentirse orgullosos de sus jugadores, con mención especial para Alejo, erigido en un brillante híbrido de Keegan y Cafú para retratar la flojera de un grupo sin brújula que concedió hasta quince ocasiones de remate. Que se dice pronto y ahorra mayores disquisiciones. Costará que un triunfo sepa peor que este.

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