Rojo sobre blanco

Lo que falla es el juego, por José Luis Artetxe

El equipo despliega la idea de Marcelino: laboriosidad y disciplina al servicio de la organización defensiva y un catálogo con el balón propio de equipo pequeño

29.09.2021 | 01:57
Iñaki Williams, Iker Muniain y algunos de sus compañeros, en Lezama.

EL fútbol va de meter goles y de evitar recibirlos. Articular los resortes para tender a un equilibrio entre ambas cuestiones, que una no penalice la otra y viceversa, ocupa la mente y el trabajo de los profesionales. En especial del entrenador, pues de su gestión de los recursos y de las líneas maestras del juego que propone dependen en buena medida los resultados. A la larga se comprueba si las decisiones son o no acertadas, no en partidos sueltos, donde intervienen factores que un técnico no puede controlar, desde la inspiración al azar, pasando por la oposición que ejerce el adversario.

Después de 28 encuentros oficiales de liga, Marcelino declaró que le "gustaría que los delanteros metiesen más goles". Exteriorizó en primera persona un deseo muy extendido y viejo. Para el Athletic actual y de los tiempos recientes, hacer gol aparece como el gran problema. Defender sí que defiende, mejor o peor, pero de una manera bastante aceptable. De hecho, por sí solos los índices de efectividad en su área le hubiesen premiado con mejores clasificaciones en los dos o tres últimos años. Idéntica apreciación es aplicable al vigente.

Vayamos con las cifras, cuya elocuencia desactiva la polémica. En la liga 2020-2021, el Athletic acabó décimo, que es el lugar que ocupa a día de hoy tras siete jornadas y en ambos casos coincide que los nueve conjuntos que figuran por delante marcan más goles. Otro apunte: mientras que en la tabla correspondiente al campeonato previo hasta cuatro de los rivales mejor colocados concedieron más goles, ahora únicamente hay uno, el Sevilla, que ha recibido menos que el Athletic. Normal pues que Marcelino lamente la escasa puntería que acreditan sus futbolistas de ataque.

Puestos a lamentar, podría haber incidido en la producción ofensiva, en el juego que realiza su equipo, en la propuesta futbolística, en las vías que exploran sus hombres para subsanar una limitación parcialmente compensada con el balón parado. Esta fórmula ha supuesto la consecución de cuatro de los seis goles logrados. Sin embargo, elude referirse a un asunto para el que evidentemente todavía no ha hallado remedio.

Más bien es al contrario. La evolución experimentada en relación a la pasada campaña está enfocada a reforzar su capacidad de contención. Se admite que cuando Marcelino cogió las riendas en enero, su margen de maniobra era reducido para pretender establecer unas pautas de comportamiento. Mediatizado por el calendario, no era quizá la etapa idónea para imprimir su sello a la plantilla, una personalidad definida. Se dio por sentado que aprovecharía la pretemporada para desarrollar esa tarea a la que todo entrenador aspira y así ha sido.

Lo que estos primeros partidos han puesto de manifiesto es que el Athletic se desenvuelve conforme a lo que Marcelino estima conveniente: laboriosidad y disciplina al servicio de la organización defensiva y un catálogo con el balón propio de equipo pequeño. Contundencia y tesón en tareas destructivas contrastan con un déficit llamativo en la elaboración, lo que aboca al grupo a suspender en la faceta creativa y, por añadidura, en pegada.

En vez de intentar desplegar argumentos que pudieran contribuir a la generación de acciones de peligro, aunque fuese en cantidad dado que la calidad de los finalizadores es la que es, el Athletic llega poco y mal a la zona caliente. Es lo que se ve y lo que se deduce del saldo rematador. El gol nacido de jugada resulta un objetivo muy esporádico, casi utópico. Es decir, que el primero que no confía en la aportación de la gente que actúa en las demarcaciones más adelantadas es Marcelino, pues ha diseñado el equipo para no encajar y deja de lado la otra parte del juego, aquella que versa sobre cómo construir un Athletic que busque la victoria con la consigna de sumar goles y no solo impidiendo que se los hagan.

La apuesta de Marcelino es tan legítima como cualquier otra, se dirá con razón que hay muchas formas de jugar al fútbol y todas merecen un respeto, pero en concreto esta que vemos no casa con el espíritu ambicioso que identifica al club. Es muy poco agradecida, nada vistosa, en absoluto sugerente y, desde luego, de dudosa eficacia. Pese a que bebía de fuentes similares, a su antecesor, el criticado Gaizka Garitano, le iba mejor con los números en la mano y acabó destituido.

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