Como los chistes populares, las frases memorables tienen un origen difuso. El Daily Mail y el servicio meteorológico de la reina de Inglaterra se disputan en el imaginario colectivo la paternidad de la célebre cita: “Niebla en el canal; el continente aislado”. Diez años después del brexit, el continente sigue aislado y la arrogancia insular, último resto del imperio perdido, busca otros culpables de sus errores. El mismo movimiento ultra de Nigel Farage, que arrastró a la opinión pública y sobre el que construyó su liderazgo tory Boris Johnson, afila hoy su bis xenófoba para socializarla y hacer olvidar las consecuencias económicas de su aventura. Su éxito radica en que el debate político sigue orientado a otro foco: el liderazgo laborista que deja Keir Starmer. Divide y vencerás.

La insularidad es contagiosa. En el Tribunal Supremo pisan con firmeza en su centímetro cuadrado de realidad como si no hubiera nada más alrededor. La sentencia del 'caso mascarillas' dictamina que los corruptos deben pagar (Ábalos, Koldo) —lo cual es aplaudido—, pero otorga a los corruptores una salida honrosa (Aldama). Si le atrapan en la chapuza, al inductor le basta con cambiar de bando para evitar la cárcel y eludir la devolución de lo robado. Felices con la idea, en el Tribunal celebran su ocurrencia para que cunda el ejemplo y los corruptores dejen sitio en las celdas a los corruptos.

Desde esa isla de superioridad ha surgido la dinámica perversa de poner bajo sospecha a toda la clase política, a la que encomendamos gestionar la estabilidad y el bienestar colectivos. Es imprescindible que se vigile que no haya pufos en una cátedra universitaria, en el rescate de Plus Ultra o en los créditos a Tubos Reunidos. Sin embargo, el orden natural de la democracia no consiste en sustituir a los gestores políticos por jueces y policías. Ayudará que los primeros sean diligentes para que los segundos no tengan que intervenir, pero también que estos últimos no rellenen de insinuaciones delictivas las carencias del relato de hechos.

Mercado de vivienda

Dice el gobernador del Banco de España lo que no dijo cuando era ministro: que la vivienda vive una “emergencia nacional” y faltan 750.000 en el Estado. Pocas parecen, pero el estudio no lleva la cuenta de que la demanda se concentra en áreas ya saturadas donde no caben más. Salvo hacia arriba, como propone el consejero vasco Denis Itxaso. Mientras en Nafarroa se enfadan los constructores por dar a la vivienda pública estatus permanente, en Gasteiz han visto que las VPO se venden con sobreprecio en segunda mano y está por meter ídem. Las emergencias depende de los bolsillos.