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Venezuela en el corazón

Según las estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 6,8 millones de personas podrían haberse visto afectadas por los terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio. Esta organización informa que el 31,5% de los edificios en Catia La Mar, al norte de Caracas, ha sufrido daños. La tragedia ha querido cebarse en la zona más poblada del país dificultando la respuesta rápida de asistencia humanitaria vital y apoyo sostenido al pueblo venezolano en los meses que se avecinan.

Un número enorme de familias lo han perdido todo, necesitan un refugio de emergencia, agua potable, saneamiento e higiene, atención sanitaria… Una inversión enorme en medios y en dinero que la comunidad internacional debe solidarizarse actuando con rapidez, más allá de las primeras semanas, e iniciar el proceso de recuperación.

Si las catástrofes tienen un punto positivo, uno solo, es que nos conmueven y despiertan múltiples reacciones de solidaridad y heroísmo que sacan lo mejor del ser humano despertándonos de la dormidera consumista y superficial en la que vivimos cuando no nos tocan de cerca dramas desgarradores de esta dimensión, tanto a nivel personal como comunitario.

Cierto es que algunas personas no pasan de la reacción emocional de sentirse afectadas, pero que no pasa de ser una afinidad natural de apiadarse ante la noticia. Se llama simpatía. En otras ocasiones, activamos la empatía poniéndonos en el lugar emocional de la persona que experimenta el sufrimiento (o la alegría). Esta capacidad nos hace comprender cómo se siente el otro e identificarnos con sus sentimientos. La pregunta adecuada, sería: “¿Cómo te sientes?”.

Existe todavía otro nivel de reacción ante una tragedia como la de Venezuela. Es la compasión, esa que algunos asimilan con experiencias paternalistas y actitudes propias de otro tiempo. Lo cierto es que la verdadera compasión va más allá de ser simpáticos y empáticos. Ser compasivo es la disposición para atender las dificultades por la que atraviesan otras personas mediante gestos orientados a resolver el problema que tengan. Es un paso más de compromiso concreto de ayuda e involucración. La compasión pregunta: “¿Qué necesitas?” sin fijarse a lazos afectivos, sino a la necesidad.

Con todo, la empatía es necesaria por la conexión que se transmite a los demás, aunque no exista una relación previa especial. Es decir, las emociones pueden lograr que nos sintamos conectados con los sentimientos y el dolor de otras personas sin un conocimiento previo profundo. Pero eso no basta para que las entrañas se remuevan hasta el punto de actuar. Como señala Rutger Bregman en su libro Dignos de ser humanos, la empatía puede ser agotadora si mantenemos la conexión emocional en demasía. La empatía es necesaria, sin duda, pero unida a la compasión es acción, es el impulso generoso para hacer algo más que “comprender” y “sentir” buscando mejorar la situación de quien lo necesita; es lo que nos lleva a movernos para ayudar.

La compasión es exigente, pero es capaz de liberar energías extraordinarias a quien se comporta de manera compasiva, y sin agotarnos emocionalmente. Solo así es posible construir humanidad contribuyendo al bienestar de todos. Ante estas terribles desgracias colectivas, además de desazonarnos, todos podemos arrimar el hombro de alguna manera mediante instituciones solidarias que canalizan nuestra solidaridad compasiva. Simone Weil que no era ninguna mojigata, consideraba la compasión como “la única forma de conocimiento verdadero”, más allá de cualquier sentimiento.

Junto al número de víctimas y destrozos, queda a la vista la enorme precariedad con la que los venezolanos se enfrentan a esta tragedia colectiva. Es lo que tienen los regímenes dictatoriales, de un signo y de otro, que a la mínima muestran todas las costuras descosidas y rotas. Ante la costumbre de criticar la dictadura de un signo, pero nunca del otro, les pido reflexión. El Salvador padece una dictadura cada vez más parecida a la de sus antecesores, y Venezuela lleva tiempo siendo otra dictadura. Punto.

Ya no está Nicolás Maduro gobernando, pero él es el responsable directo de la pobreza y la desesperanza de su gente: y es el responsable de que miles y miles de venezolanos asistan angustiados a esta tragedia desde el exilio forzoso. No me olvido de la acogida de Venezuela a tantos exilados vascos que huyeron de otra dictadura, la del general Franco. Algunos descendientes de aquellos exilados también han fallecido en este terremoto. Goian bego.

Analista