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Sarrail begitik

Soy un cavernícola

Soy un cavernícola

Explorando mi humilde discoteca durante las pocas horas muertas de las que dispongo me topé con un siete pulgadas de una efímera banda de principios de los 80 que hoy, lamentablemente, sería imposible que existiera. Cavernícolas se considera la primera banda punk infantil de la historia, no sé si del mundo pero sí del Estado español. Son solo seis temas con títulos tan reveladores como Soy un punki, Virkikis sin sexo o Quiero esnifar Novopren –un cachondo homenaje al Now I Wanna Sniff Some Glue de Los Ramones– que suenan de lo más barriobajero, como no podía ser menos.

Pese a su corta edad –rondaban los 14– Cavernícolas estaban demasiado adelantados a su época. Eran una anomalía. En aquellos años los que triunfaban eran alfeñiques como Parchís, Regaliz, Botones o Antonio y Carmen. Estos últimos merecerían un profundo análisis para el que carezco ahora de espacio. Solo decir que su himno Sopa de amor es un peligroso artefacto capaz de destrozar la infancia a cualquiera –conmigo casi lo consigue cuando apareció por mi casa su cassette de carátula pavorosa– y que si cayera en manos del Gobierno de Trump no dudaría en usarlo como método de tortura en Guantánamo. Hoy en día no hay rastro de grupos infantiles. El paradigma ha cambiado y son adultos cometiendo tropelías para que escuchen los más pequeños. Obscenidades como Cantajuegos o Pica-Pica ensucian el cancionero de Los Payasos de la Tele y mancillan clásicos como La Bamba con coreografías que harían suplicar una muerte retroactiva a Busby Berkeley. Si esta es la banda sonora con la que queremos regar el cerebro de las próximas generaciones, que el último apague la luz y ponga a los cuatro de Queens antes del colapso. sarr