Rojo sobre blanco

Triste adiós

09.02.2020 | 02:07
Columnista Jose Luis Artetxe

SU ostracismo en el año que finalizaban contrato presagiaba lo que ya es oficial, la inminente salida de ambos del Athletic. Este final sería una de las pocas cosas que tendrían en común Mikel Rico y Ander Iturraspe, futbolistas que representan casos bien distintos por trayectoria, características, personalidad. Y sin embargo, mira que mezclaban bien en el campo. Después de ellos no ha habido pareja que haya ofrecido un rendimiento comparable en el centro del campo, aunque para situar esta afirmación haya que retroceder hasta la temporada 2014-15 y sobre todo a la anterior, 2013-14, cuando el equipo se clasificó para la Champions desplegando el fútbol más sólido y vistoso de la década. Atractiva fue asimismo la propuesta que trajo Marcelo Bielsa, pero con un toque anárquico que Ernesto Valverde supo enmendar en los años citados sin que el juego se resintiese en el plano estético.

No cabía imaginar entonces que Iturraspe y Rico fuesen a iniciar sendas líneas descendentes que desembocarían en la total ausencia de protagonismo que ahora les ha colocado en la puerta de salida. Aunque tampoco son procesos comparables si se repara en sus edades. Se quiera o no, con 34 años cumplidos en noviembre, Rico enfilaba la recta final de su ciclo en la elite, mientras que a Iturraspe, recién estrenada la treintena, en pura teoría debería quedarle cuerda para rato. Que no será en el Athletic es de momento lo único que sabemos.

De Mikel Rico cabría decir que pese a las numerosas lesiones y las ausencias consiguientes, siempre daba lo que de él había que esperar. Incluso con un pie fuera del club tras doce meses sin oler la titularidad logró, contra pronóstico, ganarse a pulso la última renovación. En realidad, lo suyo fue una reivindicación constante desde la propia llegada a Bilbao en mitad de una corriente de escepticismo que apuntaba a su pasado en equipos de segunda o tercera fila. Es legítimo pues valorar la profesionalidad y el oficio de que ha hecho gala, como es de ley reconocer que el Athletic acertó de lleno con su fichaje.

Hablar de Iturraspe entraña aventurarse en un terreno difícil de desbrozar, donde conviven grandes certezas y enormes dudas. La admiración y la incomprensión campan a sus anchas en el hábitat creado en torno a un tipo al que se le atribuye un carácter acorde a su delgada figura que contrastaría con un talento fuera de lo común para relacionarse con el balón.

¿Qué ha pasado, cómo es posible que se haya echado a perder un futbolista tan especial? ¿Qué cuota de responsabilidad le corresponde en su descenso a los infiernos a quien acarició el cielo? ¿Y qué cuota hay que atribuir a quienes en el último lustro han propiciado su paulatino descrédito? Preguntas sin respuesta.

Opiniones sí, las hay para todos los gustos, aunque en el fondo se trate más bien de conjeturas o deducciones alentadas por la falta de información veraz y una serie de hechos susceptibles de interpretaciones diversas. De ahí que en este artículo se evite emitir juicios sobre un asunto que desafortunadamente ya no tiene vuelta de hoja. Dicho esto, la historia de Iturraspe solo puede calificarse como un fracaso de la institución. Sin señalar a nadie, ni a los responsables actuales ni a los anteriores, pero sin olvidar a nadie, tampoco a él, claro. Por acción u omisión, entre todos han permitido que se eche a perder un futbolista de calidad.

En siglo y pico han desfilado por el Athletic cientos de jóvenes de desigual potencial y recorrido, en gran número formados en su seno, y su existencia como club no se entiende sin las aportaciones de todos ellos. El secreto de un equipo que se nutre de la gente de casa, de lo que en el lenguaje actual se denomina productos de kilómetro cero, no es otro que el cultivo intensivo e inteligente de cada semilla. Un arduo proceso selectivo que engloba el trabajo en las categorías inferiores y que no ha de ser menos cuidadoso en lo relativo a aquellos chavales que por sus méritos logran hacerse un hueco en la primera plantilla.

A partir de esta reflexión cuesta un mundo comprender lo de Iturraspe porque sencillamente no es que fuese un proyecto, un jugador que generaba o generó una expectativa interesante que resultó defraudada a la hora de la verdad, como ha pasado a menudo. No, él alcanzó un nivel competitivo vetado a la inmensa mayoría. Fue el timón en los mejores tiempos, el eje sobre el que pivotaron la locura de Bielsa y el sentido común de Valverde. Un diamante de los que surgen muy de vez en cuando, un valor a conservar y exprimir que sin embargo se va en medio de una aparente indiferencia, como si el club anduviese sobrado de clase, nadando en la abundancia.

El fútbol del Athletic no ha fluido con gracia y precisión desde que Iturraspe dejó de ser importante y sin embargo su despedida se asume con una frialdad que a uno le provoca tristeza.