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Sidenor: la prueba del algodón

Hace catorce meses los trabajadores de Sidenor se vieron sorprendidos por la puesta en venta de Sidenor, la filial vasca del grupo siderúrgico Gerdau. Una noticia que ponía en serio riesgo 2.200 puestos de trabajo. Siete meses después, el equipo directivo vasco compraba las diez plantas repartidas en Euskadi, Cantabria y Cataluña, así como las oficinas comerciales de Alemania, Francia, Italia y Reino Unido. Esta pasada semana, la representación sindical mayoritaria (UGT, CC.OO., USO y CSI-F) y la dirección del grupo Sidenor pactaban un expediente de regulación temporal de empleo, lo que se conoce como ERTE, que tendrá una vigencia de dos años y oposición de ELA, LAB y ESK.

Vista la trayectoria de Sidenor desde octubre de 2015 hasta la actualidad, resulta difícil encontrar un ejemplo más claro de la situación por la que atraviesa el sector siderúrgico en el mundo que, en estos tiempos, mal llamados de poscrisis, se asemeja al temido sillón del dentista, ese que nos infunde desconfianza, cuando no pánico, por todo el aparatoso instrumental puesto sobre nuestras cabezas, aunque sepamos que se utiliza para evitar el máximo de molestias. Algo parecido vive y padece ese paciente llamado Sidenor que desde hace siete meses disputa en solitario una cuota de mercado en un escenario internacional agresivo donde la oferta es mayor a la demanda.

Ahora, Sidenor tiene que pasar la prueba del algodón y lo intenta mediante un acuerdo que, como se sabe, contempla, junto al ERTE que afectará al 50% de la plantilla durante los años 2017 y 2018, otras medidas como la flexibilidad y movilidad geográfica, así como un complemento para cubrir hasta el 90% los salarios de los trabajadores. Todo ello con la finalidad de que la empresa pueda disponer de herramientas “para poder tomar decisiones de forma ágil, organizada y acorde a las necesidades productivas de la empresa”.

Hay un par de datos que merecen nuestra atención. Cuando el pasado mayo se anunciaba la venta de Sidenor al grupo vasco de inversores, se ponía en valor que facturaba 800 millones de euros anuales con una capacidad instalada de un millón. Sin embargo, el ERTE, que se aplicará en cada planta en función de sus cargas productivas actuales y futuras, supone una reducción media del 50% del tiempo de trabajo, lo que se puede interpretar como una pérdida de ventas en los últimos meses. El segundo dato reside en el Centro de Investigación y Desarrollo de Sidenor, considerado como uno de los más grandes en Europa y que, por las noticias publicadas, no parece que vaya a sufrir reducción alguna, lo cual es una buena señal.

POSTURA SINDICAL Lo que sorprende es la postura de los sindicatos que no han firmado el acuerdo. Por un lado, resulta evidente que estos tiempos no son los mejores para la clase trabajadora. La crisis, sus consecuencias directas y las medidas neoliberales solo han contribuido a erosionar el poder adquisitivo y la calidad del empleo. Pero no parece que esta situación, lamentable, indignante y denunciable, sea responsabilidad del grupo de inversores que hace siete meses decidieron tomar las riendas de Sidenor e intentar hacerlo viable, como lo demuestra que hace escasas semanas, cuando se conocía la amenaza del ERTE, la dirección de la acerera vasca anunciaba una inversión de 35 millones de euros para la planta de Basauri en 2017. No parece que “el único objetivo por parte de la empresa es volver a empeorar las condiciones laborales”, como han manifestado los sindicatos no firmantes del acuerdo.

Es cierto que el acuerdo no mejora las condiciones de los trabajadores de Sidenor, como tampoco garantizan la viabilidad de la empresa en el medio plazo. Incluso se puede estar de acuerdo en la necesidad de “inversiones que ayuden a que las plantas sean más competitivas”. Como también se puede decir que esas posibles inversiones están sujetas a los criterios personales, cuando son privadas, o a criterios de prioridad de gasto, cuando son públicas y se pueden hacer sin vulnerar la normativa europea. En cualquier caso, conlleva dosis de tolerancia y buena voluntad por parte de todos si, como es el caso, hay que pasar la prueba del algodón para competir en un mercado globalizado y extremadamente agresivo.