Estamos en carnaval, un breve periodo anual de fiesta y parodia en el que no es verdad todo lo que se ve y, para ello, muchos optan por las máscaras. Claro que, siendo justos?, ¿cuánto de lo que vemos y oímos el resto del año es realidad? Un buen ejemplo es el último Debate sobre el Estado de la Nación (DEN) en el que Rajoy, con su discurso triunfalista, ha encarnado a la perfección a Momo que, según la mitología griega, es la personificación del sarcasmo, las burlas y la agudeza irónica. Muy parecido al pronunciado por el rey Momo del carnaval de Río de Janeiro, quien gritó, ante miles de cariocas: "Queda decretada la alegría".

A diferencia del efímero reinado de este personaje brasileño, Rajoy no maneja los hilos del periodo carnavalesco (cinco días), sino que tiene la responsabilidad de administrar durante cuatro años los medios para gobernar un país que ofrece una imagen patética, no solo por el número de parados, las familias sin recursos, los desahuciados, la pobreza energética, etc., sino por el escaso margen de maniobra que tiene España para la recuperación real de su economía y para el reparto equitativo de la exigua riqueza que pueda crearse en los próximos meses.

Alejado del contexto social existente al otro lado de las puertas de Congreso, Rajoy se puso la máscara de Momo y sus palabras sonaron huecas y sin valor o confianza en el futuro para ocho de cada diez encuestados por el CIS. Esta es la trágica realidad, corregida y aumentada en el caso del líder de la oposición (¿) que carece de credibilidad para un 87,5% de la ciudadanía. Las máscaras carnavalescas se hicieron visibles entre las promesas de Momo y las críticas de quien aspira a serlo, mezclando fantasía con realidad.

No cabe duda que Rajoy conocía de antemano los datos del CIS (si no fuera así, mejor cerramos el tenderete ante semejante ignorancia supina). Pero estamos a menos de tres meses de unas elecciones, razón por la que mejor callar lo malo y prometer que el árbol empezará a dar frutos con medidas como la tarifa plana para nuevas contrataciones de trabajo indefinido, como si la creación de empleo dependiera exclusivamente de las cotizaciones, o la reforma fiscal en ciernes que reducirá algo (muy poco) el IRPF, mientras mantendrá o aumentará el IVA.

Los empresarios, sin duda, ahorrarán algunos cientos o miles de euros en los nuevos empleos con el aliciente de la tarifa plana que estará vigente hasta finales de año. No obstante, el incentivo real que necesitan los empresarios viene del mercado, donde no caben máscaras, sino productividad y competitividad, para lo cual es necesario expectativas de negocio e inversión en nuevos proyectos. Es decir, las empresas necesitan acceder a un mercado crediticio que no esté restringido por políticas de saneamiento financiero de las entidades bancarias.

Por favor, quítense las máscaras.