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El principal derecho humano

Dice una leyenda que en las antiguas culturas mayas era un gran honor dedicarse a gestionar y administrar los asuntos de la comunidad. Tanto era así que quien tenía el privilegio de hacerlo aceptaba que, al finalizar su mandato, pudiera ser sacrificado en honor a los dioses, como garantía de que jamás utilizaría su posición de poder en beneficio propio.

Hoy en día, cuando oímos a los políticos decir que se dedican a la política para servir a la sociedad, nos provoca carcajadas. Y esa reacción se la han ganado a pulso. 

Sería más honrado que dijeran la verdad: que se dedican a la política para poner el Estado al servicio del capital; o para asegurarse un buen sueldo y, si es posible, lucrarse. Puede que algunos políticos comenzaran movidos por ideales altruistas, pero terminaron degenerando con prácticas miserables y contrarias a aquello que decían defender.

Y sin ánimo de meter a todo el mundo en el mismo saco, existen quienes se salen de estos parámetros y por ello son sacrificados por sus compañeros o por sus adversarios.

La política se ha convertido en el arte de intercambiar cromos, mentir, desdecirse y tratar de destruir o comprar al adversario. 

Y, sobre todo, en el arte de utilizar el dinero público y la legitimidad de las urnas para satisfacer intereses privados. Los aparatos del Estado -la judicatura, la tecnocracia funcionarial, las policías o los militares- secundan y facilitan habitualmente el desarrollo de ese juego.

Todo ello al servicio de quienes se consideran dueños de nuestros impuestos y también de nuestra ingenua manera de autoengañarnos mientras jugamos con sus cartas marcadas en el tablero del absurdo politiqueo de la democracia parlamentaria. Perdón: quise decir insultocracia.

Podríamos aprender politología de las culturas mayas, del mismo modo que aprendimos de ellas astronomía. Si así lo hiciéramos, faltarían altares para sacrificarlos. Y mientras todo siga igual, nadie se extrañe de la creciente desafección hacia la política ni de que mandarles a la mierda se haya convertido en el principal derecho humano.