Hoy el mundo es el reflejo de un aula en la que el alumno abusón acosa al que considera débil o percibe como rival, mientras la casi totalidad de compañeros miran hacia otro lado o adulan al hostigador por temor a convertirse en sus víctimas. Cuando en el grupo, alguien planta cara al matón, el agresor suele recular, intentando al mismo tiempo no dar señales de debilidad, que por otro lado, son piezas necesarias para que el acoso se materialice.
Para no mostrar flaqueza, recurre al insulto y a enrocarse en su necia y prepotente actitud, con el inconsciente objetivo de enmascarar la frustración que le invade.
No parece necesario explicar el paralelismo de este fenómeno con el panorama geopolítico que en la actualidad vivimos, pues es bastante sencillo identificar los roles en cada participante. En la gestión de los casos de acoso escolar se busca reparar el daño causado a la víctima, además de fomentar en el agresor y observadores pasivos conductas proactivas y actitudes de respeto en aras de facilitar su integración social y mejorar la convivencia. Quizá la manera de frenar las agresiones y rebajar el amenazante grado de violencia pase por mirar la realidad bajo el prisma de lo ético.