Los raíles que vertebraron kilómetros de vidas hoy parecen separarlas bajo una metáfora cruel. Hubo esperanza en la cordura, pero la solución ha huido de un debate público convertido en naufragio. Como un óleo de Goya, los representantes se golpean con los remos mientras el galeón hace aguas por todas partes. Es un suceso litúrgico y sórdido: las víctimas sucumben ante aves carroñeras que convienen en el rédito de un aparataje traumático, cobrándose vidas que no volverán. Duele observar comparecencias vacías donde el ego mercantilizador fotografía el cadáver tras levantar la lona con una mueca de duelo.
Esta mancha de aceite enturbia nuestro ser histórico, un cainismo que sobrepasa toda cátedra de barra de bar o terapia del tertuliano, y que no es sino el vivo reflejo de nuestra propia conducta social. Entre canjes electoralistas y balances de coste político, olvidamos lo verdaderamente urgente: el silencio irreparable de las vidas perdidas, el esclarecimiento de las causas del accidente y la adopción de medidas reales para impedir que este ciclo de errores vuelva a repetirse jamás.