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Monumento a la hipocresía

Ya han concluido estos fastos que llamamos Navidad. No deja de ser curioso, que celebremos el nacimiento de alguien humilde (en un portal o pesebre) con un gasto desmedido, en inmensa mayoría. Así mismo, establecemos una especie de tregua temporal, una efímera bondad navideña, el perdón y la generosidad parecen confinarse a un calendario específico, mientras el resto del año prevalecen más bien las indiferencias a las miserias y sufrimientos que nos rodean. ¿Tenemos que mostrarnos optimistas y renovados o renovadas? Compartimos cenas y comidas y no es que estemos obligados a una especie de dictadura de la alegría… porque quizás lo contrario, estaría mal visto. Hay una especie de ritual, donde, establecemos propósitos de año nuevo (confesaré que yo misma los asumo) que muchas veces, no llegamos a cumplir. Quien ahora mismo me esté leyendo, podrá estar de acuerdo con esta crítica o bien pensará que, por unos días, la humanidad necesitará de un recordatorio por unos ideales más altos. Sea como fuere, estas festividades, fastos y todo lo que se les ocurra, de un diciembre larguísimo… queda como un monumento a la hipocresía.