En estos tiempos en que la vida de nuestros adolescentes transcurre a través de pantallas luminosas, conviene recordar que las redes sociales no son un territorio neutro. Aunque ofrecen espacios de creación y encuentro, también magnifican inseguridades y distorsiones que, a esa edad, calan hondo. Basta observar cómo una fotografía pulida o un comentario hiriente puede moldear, en cuestión de segundos, la autoestima de un joven que aún no ha terminado de encontrarse. No se trata de demonizar la tecnología, sino de comprenderla. Igual que antaño enseñábamos a cruzar la calle con prudencia, hoy necesitamos educar en la navegación digital: explicar qué hay detrás de un algoritmo, cómo reconocer la desinformación y por qué la validación no puede depender del pulgar ajeno. La alfabetización mediática debería ser parte esencial de la formación, no un añadido opcional.

A los padres y educadores nos corresponde acompañar, más que vigilar. Estar presentes sin invadir, escuchar sin juzgar y abrir espacios de conversación franca sobre lo que ocurre en ese universo que, para ellos, es tan real como el nuestro. Solo así podremos transformar las redes en aliadas del crecimiento y no en cepos invisibles que limiten su libertad.