Fernando Ónega, autor de aquel “Puedo prometer y prometo” de Adolfo Suárez, escribió: “Confieso cierta emoción al tenerlo en mi tierra de la que salió como los viejos exiliados y emigrantes”. Irreflexivo dislate, impropio de un periodista laureado, aunque muchos de esos laureles revivan yugos y flechas. Sanxenxo, un pueblo pequeño donde estos días, la mayoría de aduladores son forasteros. El circo no es nuevo. Franco invitaba a autobuses, días libres y bocadillos para que España toda viajara a la Plaza de Oriente, con el fin de mimarle oídos, sable y ego. El mismo golpista que un 22 de julio de 1969 designaría a dedo heredero de la Jefatura de Estado, al hijo que, tal vez por imperativo caudillo, negó a su progenitor, Juan de Borbón, tal derecho legítimo. Un dictador lo es porque ordena, manda, hace saber o hace eliminar. Tan fácil como eso... El alcalde de Sanxenxo es conocido por cortesano ejemplar y confusos vínculos entre su actividad política / negocios inmobiliarios / caótica gestión urbanística. La democracia y las transformaciones sociales las forjan los pueblos, no los reyes, diga lo que diga el también inefable alcalde Almeida en su vergonzante peloteo al monarca catarí. Catar es un país donde la mujer es invisible y los derechos humanos inexistentes. Está claro que el rey emérito es un marrón para su hijo. La Fiscalía archiva y aquí no ha pasado nada, pero no por falta de delitos, sino por aforamiento o prescripción de los mismos, ladren los hooligans monárquicos o muerdan los medios conservadores. Su casa es donde paga impuestos, y aquí no lo hace. “La amo, sí. Mas con lo que habéis osado, imposible la hais dejado, para vos y para mí...” (Luis Mejía a don Juan Tenorio). ¿O fue Felipe VI a su padre, en alusión a la Institución Monárquica...?
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