Siempre que puedo, escojo pasillo en el avión, pero me pidió por favor que se lo cediera. Temblaba como un flan y acabó confesando, en un castellano silbado, que era su primera vez. Volvía a Zagreb a reencontrarse con su madre y dos de sus hermanos, que habían sobrevivido a la guerra de los Balcanes. Él había pasado un tiempo en un campo de concentración de esos que se improvisaron al descubierto, donde se moría siendo un número. Ganó una plaza en una embarcación cuando ya había perdido media salud en el intento, y una familia de aquí lo acogió. Le dieron techo y cariño, le pagaron una piñata nueva -porque a su edad ya había echado los dientes dos veces-, y le financiaron el carné de camión; para que luego digan que no hay gente buena. Y dejó de sentirse número. Cuando la cosa se calmó y hubo cable a través de la embajada, le arreglaron los papeles y su ama, la de aquí, le lloró en Sondika dos horas antes del vuelo, porque las madres son así y piensan que es mejor llegar dos horas antes; no me pregunten por qué. Y le dio tres achuchones y una bolsa con comida de fundamento, por si acaso. Y me contaba esto mientras el hilo musical del avión reproducía Volare, de Domenico Modugno -no me extraña que haya gente que crea en Dios- y hacía que su relato se quedara suspendido como la nota de un violín. Me pidió ayuda para el transbordo en Fráncfort, porque no hablaba inglés y tampoco alemán, y porque tenía miedo. Un miedo atroz. Lo acompañé hasta el control de pasaporte y casi pierdo mi conexión. Muchas veces pienso en aquel vuelo y en lo corto que me resultó. Imagino que Milos también lo recuerda, pero seguro que a él se le hizo más largo.
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