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Ecotecnopolítica: desarmando la IA

Sin duda vivimos un momento de precipitada velocidad marcada por la disrupción digital, por la crisis ecológica y por el desorden geopolítico global generalizado. Además, de una tendencia creciente al vaciamiento de la esencia misma de la democracia, que pone en jaque a sus instituciones y la paz social. Factores todos ellos que evidencian las carencias de los principales marcos de gobernanza y de una imprescindible ética del bien común.

Con el auge de la soberanía de las máquinas a través de los grandes centros de datos, fábricas de Inteligencia Artificial (IA) e infraestructuras de computación cuántica, los sistemas tecnológicos adquieren capacidades para gobernar de facto la escala planetaria, incluso a nivel supranacional, reconfigurando la autoridad política de los Estados, la toma de decisiones, la rendición de cuentas y el medio ambiente de nuestros pueblos, ciudades, y regiones.

Las corporaciones que rigen las infraestructuras computacionales de escala mundial, que engloban plataformas, nubes, interfaces, algoritmos, IAs, y capacidad computacional, generan nuevos acuerdos de poder verticales sobrepasando las arquitecturas institucionales en un contexto mundial de recesión democrática, crisis ecológica y creciente desigualdad social. Mientras, estas disfunciones son implementadas y cuestionadas en contextos urbano-regionales y locales donde las desigualdades y los impactos ecológicos se vivencian con la intensidad de la realpolitik local. Así, la “fantasía de la desmaterialización” que propone lo digital, no termina de cuajar cuando toca suelo. La nube digital no es neutra, tiene un impacto material directo en los ecosistemas bioregionales. Por lo que, la IA no constituye únicamente una innovación tecnológica, sino un proyecto de construcción de poder que reorganiza infraestructuras, mercados y relaciones políticas, además de consumir recursos naturales sin la apropiada supervisión ética e intervención estatal.

En EE.UU. 64 billones de dólares en proyectos destinados a centros de datos han sido bloqueados debido a la oposición ciudadana de siete de cada diez americanos, según la asociación Data Center.org, por sus altos costes económicos y sociales, además de las restricciones de agua y energía como principales impactos ambientales. Un estudio llevado cabo por la Universidad de Cambridge, reveló que los centros de datos para la IA en condiciones extremas de picos térmicos pueden elevar la temperatura en 9,1ºC en un radio de hasta 10 kilómetros.

Al igual que el advenimiento de la Revolución Industrial se dio en un mundo “virgen”, en un planeta en el que los bienes naturales se encontraban en abundancia y apenas existía preocupación por su conservación; la Revolución Digital en la era de la IA, considera que existe un mundo explotable donde los datos se extraen masivamente tratándose como “bienes libres” de mercado generando un déficit democrático, institucional y de soberanía estatal, además de ambiental y de desigualdad social.

Esta forma de entender y enfocar la transición digital genera una doble huella ambiental y social que fomenta un green & digital washing, difícilmente digerible por el sentido común. Consume recursos naturales de forma voraz y la ciudadanía queda reducida a un dato al tiempo que se enfrenta a una destrucción masiva de un tipo de empleo como refleja The Economist, revista por otro lado, nada sospechosa de ser tildada de alternativa. Hasta el Papa León XIV se preocupa por cuestiones de exclusión digital o la precaria situación de los millones de personas que sostienen las infraestructuras computacionales y centra su última encíclica en torno a la idea de que “la IA debe de ser desarmada” en los términos en los que está siendo orientada, siendo este un momento de la historia en el que la mayor parte de la humanidad podría sentirse desechable.

En 1973, Naciones Unidas proclamó el 5 Junio como el Día Mundial del Medio Ambiente. Por ello, es momento de ser responsables y establecer marcos de gobernanza anticipatorios que sustancien el principio de precaución. La fascinación tecnológica actúa como un señuelo que desvía la atención de las verdaderas dinámicas de extracción de recursos, concentración de poder y erosión democrática diseñando un modelo contemporáneo de política económica centrada en la IA difícilmente sostenible en términos ecológicos y sociales. El paradigma dominante de las transiciones digitales-verdes, basado en un enfoque meramente tecnocrático no está logrando integrar adecuadamente los cambios estructurales de nuestro tiempo, y a todas luces, resulta insuficiente para afrontar los límites ecológicos planetarios, las asimetrías de poder tecnológico y los desafíos democráticos asociados a la expansión de la IA.

El hecho de gobernar sistemas ecotecnopolíticos (ecológicos, digitales y políticos) a escala global en este momento de tanta confusión geopolítica, requiere integrar la responsabilidad ecológica en la gobernanza tecnológica de forma transdisciplinar para que los gobiernos, parlamentos, y el resto de agentes sociales tomen las mejores decisiones informadas en un mundo altamente complejo, impulsando activamente su soberanía digital. Se trata de virar el timón hacia la implementación de políticas públicas que favorezcan el bien común en un medio sano. Las transformaciones deben de ser más que nunca estructurales y su gobernanza, ecotecnopolítica.

Itziar Eizaguirre es Doctora en Gobernanza EHU Igor Calzada es Profesor e Investigador Principal, EHU Políticas Públicas+Ikerbasque