Estaba en casa pensando en mis cosas cuando, después de harto tiempo, aparece Ama. Tras interpelarle dónde se había metido y contestarme que donde está también hay cosas que hacer, me pregunta por la actualidad. Le respondo que por aquí tranquilos pero que el mundo anda revuelto con un tarado Trump secuestrando al presidente de Venezuela o atacando Irán y asesinando a su presidente. Le explico que los regímenes de los dos países atacados no me gustaban nada, a lo que comenta que, aunque a ella tampoco, secuestrar o asesinar a sus presidentes desde otro gobierno le parece amoral y radicalmente ilegal, y yo asiento. Le cuento de gente que lo entiende como medio para acabar con regímenes totalitarios y abusivos, a lo que me responde que eso supone que cualquiera pueda determinar qué es bueno y qué es malo, para intervenir, se supone, a favor de lo primero.
Se calienta y dice que esa fue la disculpa por la que actuó Franco liquidando a los que entendía eran los malos, lo mismo que ETA se entrometió con su propio razonamiento para asegurar quiénes eran malos, actuando para, según ellos, salvar a la sociedad de los mismos, o para que después el gobierno español, que pensaba al revés, creara el GAL.
Termina diciendo que, una vez exista consenso sobre qué países vulneran los derechos humanos, se debe trabajar con métodos que permitan cambiar su rumbo y la determinación de sus gentes para que ellas mismas puedan darle la vuelta a la situación, que para eso existen, además de diplomacia, ONGs, organizaciones y acuerdos internacionales. El acuerdo y el trabajo silenciosos a largo plazo son la solución, ya que en otro caso dejaremos que trumpismo, franquismo o terrorismo decidan qué está bien o qué está mal. Se da la vuelta, se pira y me deja tirado, otra vez.