Digo yo, que cuando te hipotecas hasta las trancas, algo tendrán que decir los que te avalan la operación. No es que tengas que consultarles el menú que comes a diario, pero los días que les pides que te ayuden a cocinar no puedes pretender que se corten, se quemen o se intoxiquen y sonrían a la cámara.

Pedro Sánchez sigue sin entenderlo y el Gobierno insiste en que no va a dividir el decreto ómnibus pese a que sus socios le han advertido que están bastante hartos de asar tajada y comer sobras. Hacerlo aseguraría la revalorización de las pensiones, pero prima el pulso de relatos para cargar al otro con el cabreo de los jubilados. Es una trampa saducea -como el interrogatorio manipulador de la secta de los saduceos a Jesucristo- pero aquí los que pueden acabar crucificados son los pensionistas. Para ser tan importante el relato entre los estrategas, los del PSOE siguen errando el tiro. El bombardeo de noticias económicas positivas es inútil en las encuestas. Son ciertos el comportamiento del empleo o la contención de la inflación y el crecimiento del PIB por encima del entorno. Pero, a despecho de James Carville -asesor de la victoriosa campaña de Bill Clinton en 1992-, ya no es “la economía, estúpido”.

El ‘deber’ marital tercermundista

Francia aclara la norma. Seguramente sospechan que hay países en los que la ley obliga a la mujer al deber marital de mantener relaciones sexuales. Ghana, India, Indonesia, Jordania, Lesoto, Nigeria, Omán, Singapur, Sri Lanka y Tanzania lo tienen en su normativa. “Panda de tercermundistas”, pensaremos con la superioridad moral de primer mundo, tradición cristiana y derechos civiles. Pues en Francia han tenido que acotar la ley para que no se siga interpretando en los juzgados que sí, que el código civil no obliga pero tampoco aclara que no exista la obligación. La omisión es el cinismo primermundista.


En la política del hedoconsumismo -vale, me lo acabo de inventar el palabro-, el statu quo está descontado y no tiene coste en el imaginario colectivo, solo culpables de su deterioro; así que no cabe sacrificio por él. La democracia, el bienestar, la libertad, la igualdad... solo significan castigar o premiar con el voto, tener mis anhelos satisfechos y que no me pongan límites. Ah, y somos todos súper iguales, pero con nítidas diferencias.

Emociones e intereses; miedo, desprecio, inseguridad, pero también poder adquisitivo, tiempo para disfrutarlo y despreocupación son los activos que decantan el sufragio en esa gran mayoría social no militante. Ese es el aval último de la digipolítica en red. Y los nuevos populismos a ambos extremos son maestros en dar pan y circo.