Resultando más influyente en mi diaria vida de lo que jamás pude imaginar y pasado un año de su llegada a presidente USA, me apetece dedicarle un pensamiento a Trump. Finalizado su anterior mandato hubo un debate sobre si era fascista o no, resultando que políticos americanos de izquierdas como Bessner y Burgis dijeron que no lo era en tanto ni desató un ejército de paramilitares ni emprendió acciones dramáticas para rehacer el Estado estadounidense a su imagen. Otro ilustre pensador como R.J. Evans escribió en un ensayo que “no hay indicios de que busque una guerra con ninguna potencia extranjera ni de crear un imperio estadounidense”. En su nuevo mandato y en solo un año se ha quedado con el petróleo venezolano tras secuestrar al presidente del país, lleva meses amenazando quedarse con Groenlandia y condenando al que se oponga con ocurrencias sobre la marcha y, en su propio país, ha creado una policía paralela que ataca a sus conciudadanos sin perdón y mata a quien a ella se opone. Para colmo reclama el Nobel de la Paz y espeta al gobierno noruego que al no dárselo se dedicará a la guerra y no a la paz.

Si no es un fascista ese tarado narcisista que ha creado sus propias “camisas negras” para liquidar a quienes no piensan como él en USA o aplica aranceles, bombas y la guerra a los que fuera de USA discrepan de sus extravagantes ideas, que vengan a explicarme los pensadores americanos qué es exactamente. Como ciudadano vasco y europeo voy a empezar a exigir que, por dignidad, mis dirigentes se alejen lo antes y más posible de ese tipo que se dedica a buscarse contrarios en todos quienes no piensan como él dictamina que hay que pensar. Y aunque me aplique aranceles o no me deje entrar en su país, no saco otra conclusión que proclamar que Trump es un fascista.