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Procrastinar

Como el arpa de Bécquer, silenciosa y cubierta de polvo etcétera: así suelen languidecer mis tareas pendientes, esperando que vuelva a ellas como debiera ser. Confieso que escribo esto habitado por esa misma inercia: el texto que comencé ayer ha esperado pacientemente mientras yo me perdía en lecturas circulares o en la contemplación de un mapa antiguo. Algo se interpone entre el deber y la acción, un desvío más urgente que la propia urgencia. Al que, evidentemente, me dedico con más ahínco que a lo que debía hacer. Procrastinación le dicen.

Ahora, la neurociencia le ha puesto nombre a ese rincón de nuestra voluntad: el circuito EV-PV. Nuestra capacidad de acometer un trabajo depende de una sutil negociación química en el cerebro, entre el cuerpo estriado ventral y el pálido ventral. Si este tribunal interno dictamina que lo inmediato no compensa el esfuerzo, el circuito se desconecta y nos deja varados en la orilla de la inacción. Lo inquietante es descubrir que el enemigo no es externo y está en los pliegues de nuestra propia cartografía cerebral. Aprendemos que nuestro cerebro es un especialista en fugar de sí mismo.

La tentación moderna es la de la reparación técnica. Si conocemos el mecanismo, ¿por qué no intervenirlo? Desactivar ese circuito convirtiéndonos en seres de una eficiencia impecable. Lo mismo en el futuro una píldora nos ayuda a centrarnos, pero ¿merecería la pena tal limpieza? A menudo ese tiempo robado al deber nos da regalos inopinados. Cuántas ideas felices han surgido mientras evitábamos lo importante; cuántas joyas imprevistas hemos hallado en los márgenes de una obligación que nos pesaba. Quizá esa demora sea una tregua donde el alma, libre de la dictadura de la productividad, se permite el lujo de la serendipia.