La obviedad del dilema no debería impedir plantearlo. Entre conducir la inteligencia artificial (IA) o huir de ella como si fuera un elefante desbocado, el sentido común dice que habrá que subirse a ella y sujetar las riendas. Conviene distinguir, sin embargo, nuestra relación de amor/temor. Los que realmente hacemos del simpático gremlin un monstruo somos los que lo manejamos nivel usuario, masa crítica que la convierte en éxito comercial, y para qué lo usamos. Montados en ella, la ponemos a galopar antes de decidir hacia dónde vamos. Lo temible no es la herramienta sino la mano que mece su cuna.
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