Elogio del cero

23.02.2021 | 00:48

LA diferencia de mentalidades entre las civilizaciones de India, China y Occidente se refleja muy bien a través del número cero, el único que nada vale y que, sin embargo, es excepcional por sus propiedades.

India inventó el cero, pues era y sigue siendo aceptable para su cultura e idiosincrasia que pueda existir un número sin valor, lo mismo que existen personas que también carecen del mismo, los parias.

Un paria lo es por nacimiento, por decreto irrevocable del destino y de los dioses. Por ello, en India una parte de la sociedad son ceros por nacimiento y naturaleza. La aceptación mental de la ausencia de valor humano y numérico, del paria y del cero, son elementos de su paisaje ideológico y social.

China conoció el cero a través de los monjes budistas, y por ello lo asumió como una representación espiritual de la nada, del vacío sin origen ni cambio.

Si en China cualquiera de los números, por grande que sea, se considera desdeñable frente al infinito, imagen de la totalidad y del Estado, más aún se abomina del cero, pues nada vale y únicamente adquiere sentido detrás de otro que lo lidere y haga poderoso.

En su civilización milenaria los individuos, como el cero, por sí mismos no son nada, y solo al unirse tras otro que los lidere como grupo adquieren magnitud y gloria. El cero no es por ello una parte de su paisaje, como en India, sino su cimiento oculto que le da sentido.

En Occidente, el cero llegó a través de los árabes, y fue recibido como un instrumento mercantil poderoso que ayudó a crear su sociedad y su destino.

Occidente, como los indios y chinos, comprobó que el cero colocado a la izquierda de otros números para nada valía, pero puesto a su derecha multiplicaba su valor. Y extrajo de ello una filosofía diferente a las otras civilizaciones, el individualismo, gracias a la cual tendería a no considerar como ceros a algunas gentes por su nacimiento, o a todas por su pequeña individualidad.

Con los siglos, cualquier individuo, por humilde que fuera pero dotado de libertad de decisión, podría, como el cero, ignorar o ayudar a los demás, dejar el mundo como estaba o mejorarlo. Dependería de él.

Con ello, en Occidente el cero se convirtió en una representación del poder del libre albedrío, que partiendo de la siempre minúscula condición humana según elija situarse y actuar respecto a los demás cambiará totalmente sus efectos en la sociedad.

Hoy, en esta época de cambios, Occidente está lleno de dudas, de individuos que fluctúan sin saber qué son o qué quieren ser. Es el tiempo de los irracionales. Y de los aprovechados. Pero esta crisis pasará y será superada si no imitamos recetas ajenas, modelos que sacrifican el libre albedrío de los individuos a la voluntad de unos líderes que los desprecian o a los designios de unos dioses que los ignoran.

Y es que algunos defensores hoy de las "virtudes" de las dictaduras de oriente, del Estado Total o del Estado de Castas, no han entendido que el valor del humilde cero nace no de su pequeñez y sometimiento, sino de su libertad.

* Exapoderado en las JJ.GG. de Bizkaia 1999-2019

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