Colaboración

Equidad no es caridad

18.01.2021 | 01:44
Equidad no es caridad

LOS frikis del cine recordaréis El acorazado Potemkin, una joya de la propaganda soviética, considerada como una de las mejores películas de la historia del cine. Aparte de la escena de la matanza en la escalera, y el cochecito de bebé cayendo por ella, otra escena que se me quedó grabada es la del sindicalista que trata de convencer a una mujer de que acepte una ayuda diciéndole que "no es caridad, es solidaridad". Lo mismo pasa con la equidad, no es caridad.

Efectivamente, los cambios en el funcionamiento de las empresas son necesarios. Se trata de avanzar en una empresa con más componentes humanistas por ser más participativa, más inclusiva, más trasparente y con menos espacio para el enfrentamiento y la imposición.

Un hito: Hemos pasado de que "la responsabilidad social de la empresa es el incremento del beneficio" para el accionista, en las famosas palabras de Milton Friedman, a que 181 presidentes de las mayores corporaciones americanas reunidos, como los caballeros del rey Arturo, en su Tabla Redonda, su Business Roundtable, afirmaran, en agosto de 2019, que "las empresas deben buscar el beneficio compartido para el conjunto de sus grupos de interés: clientes, empleados, proveedores, accionistas y la sociedad en su conjunto", buscando que "la economía esté al servicio de todos los americanos". Por supuesto, por un motivo muy pragmático, porque es mejor para la empresa.

Una de las grandes consultoras internacionales, McKinsey, en su última reflexión sobre el futuro del capitalismo americano (Rethinking the future of American capitalism. Noviembre de 2020) lo explica destacando la necesidad de avance en tres direcciones: mayor inclusividad, mayor resiliencia y más equidad.

Además, la pandemia del Covid está acelerando procesos que ya estaban en marcha, de modo que hay un consenso creciente en buscar respuestas urgentes a la adaptación de los mecanismos de funcionamiento de los mercados, al papel del gobierno y el sector público en la actividad empresarial, y a la exigencia de responsabilidad a las empresas por las consecuencias de su actividad en aspectos sociales y ambientales. Sin estos cambios, esta consultora considera difícil que se pueda reducir el descontento creciente con la desigualdad, o la respuesta insuficiente a retos medioambientales o migratorios.

McKinsey constata la polarización en los salarios, de modo que cada vez es mayor el porcentaje de empleos con muy altos y muy bajos ingresos, reduciéndose por tanto el peso de los empleos que permiten afianzar una clase media acomodada.

La tendencia a una menor equidad en los niveles salariales se constata también en nuestra sociedad, como consecuencia de unos cambios tecnológicos que permiten organizaciones empresariales en las que nuestros jóvenes conviven con precariedad y trabajos a tiempo parcial. La controversia de los falsos autónomos es la punta del iceberg de estas nuevas organizaciones empresariales.

Dos datos relevantes sobre esta creciente inequidad. En la Comunidad Autónoma Vasca, el peso de la remuneración de los asalariados en el último trienio 2017– 2019 ha sido alrededor del 47% del PIB, un punto inferior al del trienio previo, periodo en el que ya se había superado la crisis anterior. Un punto porcentual en estas cifras supone un buen número de millones de euros de menor capacidad adquisitiva en concreto de las familias con menores rentas.

Un segundo dato a nivel estatal: Caixabank Research, a partir de una muestra de 3 millones de nóminas, calcula que durante el confinamiento inicial con la pandemia un tercio de los mileuristas, de las personas con ingresos inferiores a 1.000 €, se quedaron sin ingresos, si bien las transferencias públicas ofrecieron cobertura a casi la mitad de las pérdidas de renta.

McKinsey propone que es posible reforzar el funcionamiento de las empresas y de la economía, que la tecnología puede ser un aliado para avanzar hacia trabajos de calidad, que aporten ingresos suficientes y dignidad, y que es posible que se financien elevadas inversiones en bienes públicos como infraestructuras, educación, sanidad o investigación sin perder competitividad internacional y capacidad de crecimiento.

Ello necesita nuevas reglas, en concreto en las formas de reparto del poder en las empresas. El modelo de Empresa Participativa e Inclusiva, propuesto a partir de la experiencia de las cooperativas de Mondragón y de otras empresas que propician la participación de los trabajadores y la corresponsabilidad, fue aprobado por los Parlamentos vasco y navarro en 2018 por unanimidad de todos los grupos políticos porque avanza en caminos para mejorar la competitividad de nuestras empresas.

Busca aprovechar mejor las aportaciones de cada persona, desarrollar un proyecto compartido, beneficioso a largo plazo para todos los integrantes, quede prioridad a la sostenibilidad del proyecto colectivo sobre los intereses, legítimos, de los distintos grupos de interés. Poniendo incluso el interés de los accionistas por detrás de la supervivencia del proyecto compartido. Con precisiones como la propuesta de que un abanico salarial no superior al 1:6 sería una referencia útil para las pymes vascas.

No es fácil avanzar en la equidad y en compartir las decisiones y los beneficios, ya que implican cambios en la gestión del poder dentro de la empresa. Y generar, a través de la trasparencia, un clima de confianza entre intereses diferentes. Pero permite reducir el enfrentamiento y la falta de adhesión al proyecto, llegando a equilibrios que mejoran la competitividad y la innovación.

Equidad no es caridad, ni buenismo. Es parte de una receta para mejorar la competitividad y el proyecto empresarial a largo plazo.

* Profesor en Deusto Business School – DBS. Miembro de Fundación Arizmendiarrieta

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