EL paradigma de la hiperglobalización o versión fuerte de la tesis de la globalización -el impacto unilinear y no mediado de fuerzas globales de forma universal, en contextos diferentes, y con resultados similares- ha servido para comprender la evolución de la economía global hasta hace unos años. Los agentes globalizadores principales han sido la multiplicación de corporaciones transnacionales en todo el mundo, el proceso de neoliberalización que ocasionó la reducción significativa de intervención estatal en la economía, la financialización del capitalismo y el impacto de las tecnologías de información y comunicación como multiplicadores del efecto globalizador de los flujos de capital y de comercio.
Esta interpretación, extendida en los años 90 del pasado siglo, era propia de un paradigma ascendente, resumido también en postulados como el dominio del “espacio de los flujos” de Manuel Castells o la “compresión espacio-temporal” de David Harvey. En muchas ocasiones, los analistas se animan a ofrecer explicaciones sintetizadas de cambios cualitativos que requieren de muchas matizaciones o incluso son refutadas con el paso de no mucho tiempo: esto ocurrió también, por citar un ejemplo conocido, con la atractiva pero errónea idea del “fin de la historia” de Fukuyama.
El desarrollo de la hiperglobalización en los últimos 30 años ha cuestionado su carácter global y la idea de que el mundo es “plano” (Friedmann) y “sin fronteras” (Ohmae). Se han ido añadiendo variables a la tesis fuerte de la globalización para mostrar que lo que ocurre realmente son procesos complejos, simultáneos y de geometría variable, procesos no solamente económicos, sino también socio-políticos y culturales y de percepción individual y colectiva (como preludio del comportamiento de los actores sociales y económicos), que interaccionan para producir un resultado incierto, carente de equilibrio, en modo alguno irreversible.
Regionalización supranacional, formación de bloques comerciales, inclusión y exclusión simultáneas de regiones y países, concentración (de los procesos de innovación y toma de decisiones en CBDs y megarregiones) y dispersión (por la acción del comercio y las tecnologías de la información) de la actividad económica, ascenso de la geo-economía, de los criterios de seguridad nacional, el temor extendido de los perdedores de la hiperglobalización y, finalmente, la desconfianza hacia el multilateralismo (en un contexto multipolar), los fracasos y crisis del mercado, el auge del autoritarismo y del proteccionismo... todo ello ha ido configurando, desde la Gran Recesión de 2008, un alejamiento de la hiperglobalización y la percepción de que se ha frenado, hasta casi detenerse, el proceso de intercambio e integración globales. Los principales indicadores así lo muestran.
Existe una diferencia entre la ola de globalización del siglo XIX y la fase de hiperglobalización que concluyó en torno a 2008: mientras los Estados del siglo XIX ganaron el control sobre la innovación tecnológica, la producción, el empleo, y la transferencia de capital, ideas y personas dentro y fuera de sus fronteras, en la reciente fase de hiperglobalización los Estados perdieron dicho control. Esto no significa que los Estados nacionales estuvieran a punto de desaparecer como formaciones sociales significativas, sino que se reconfiguraron para intentar continuar con su labor de actores globales fundamentales y activos, tanto dentro de sus territorios como fuera de ellos, aunque para ello hubieran de transformarse formando parte de organizaciones supranacionales que aparentemente limitaban su soberanía.
Otra diferencia de la corriente hiperglobalizadora reciente en relación a las pasadas es la proliferación de corporaciones o empresas transnacionales; en 1980 se contaron 10.000 en Estados Unidos; en 1990, alrededor de 30.000; hoy son más de 70.000. En muchos sentidos, las corporaciones transnacionales todavía necesitan de los Estados -como los necesitaron en su origen y para su consolidación- pero, paradójicamente, su proliferación mermó los poderes de los Estados, debido en parte a la pérdida de los marcos regulatorios tradicionales.
En la fase actual poshiperglobalización lo que se observa, por el contrario, es un ascenso de la geopolítica y la geoeconomía, de los intereses nacionales de los Estados por encima de los acuerdos multilaterales y una limitación del neoliberalismo de vocación global, aunque el neoliberalismo en sentido estricto no llega a su fin con el renacimiento de los intereses nacionales y el auge del proteccionismo, contrariamente a lo que se ha venido argumentando.
A pesar de todo, no creo apropiado hablar de “desglobalización”, al menos por el momento. En el caso estadounidense, las administraciones anteriores a Trump se han mostrado renuentes a utilizar la seguridad nacional como pretexto para restringir el comercio, reconociendo que hacerlo socavaría las reglas del sistema económico mundial. Sin embargo, el discurso del presidente Trump en la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre de 2018 dejó claro su profundo escepticismo respecto de un sistema que, en su percepción, funciona en detrimento de Estados Unidos. Su administración no rehuye acciones que pueden dañar un sistema que ya se considera inadecuado para los intereses estadounidenses.
Pero no todos los aspectos de la política económica internacional de Estados Unidos se inclinan hacia la desglobalización. Incluso reconociendo los riesgos legítimos de seguridad nacional que representan algunas inversiones extranjeras en EE.UU., el Congreso y la administración parecen haber logrado un equilibrio razonable en la protección de tal seguridad nacional, al tiempo que siguen acogiendo con satisfacción las inversiones extranjeras productivas en el país. En cuanto al comercio, la administración Trump ha comenzado a diferenciar entre amigos y enemigos, incluso si no está del todo claro cuáles serán los resultados concretos de los acuerdos cerrados recientemente.
En julio pasado, el presidente Trump y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, acordaron establecer un Grupo de Trabajo Ejecutivo sobre comercio; y, a principios de septiembre, Trump y el primer ministro Abe de Japón acordaron iniciar negociaciones sobre un acuerdo comercial entre Estados Unidos y Japón sobre bienes, así como en otras áreas clave, incluidos los servicios. La pregunta sigue siendo si estos acuerdos reducirán las barreras para el comercio o si solo van a beneficiar a ciertos intereses específicos.
Como mínimo, llegar a un acuerdo con sus aliados y socios debería permitir que EE.UU. centre sus energías en abordar los desafíos presentados por China y convencer a otros para que hagan lo mismo. La principal prioridad de la administración (después de llegar a un acuerdo con Canadá) debería ser definir claramente los objetivos económicos de Estados Unidos con respecto a China, con miras a resolver las tensiones en lugar de facilitar lo que algunos han advertido que podría ser una guerra comercial de 20 años. No hacerlo nos podría poner en un camino muy claro hacia la desglobalización.
Todas estas reflexiones invitan a pensar la globalización como un proceso cíclico y reversible, esencialmente variable y muy contingente. Y esto dirige nuestra atención hacia la historia, sugiriendo la importancia de entender procesos actuales a la luz de resultados pasados. Si la globalización es un proceso histórico, y por lo tanto específico en tiempo y espacio, entonces deberíamos estar preparados para aceptar diferentes resultados del proceso en diferentes tiempos y lugares.
Otra consecuencia de describir la globalización como un proceso variable es que nos permite comprender mejor que el ciclo de hiperglobalización haya concluido, al igual que el ciclo de globalización de principios del siglo XX fue interrumpido por el resentimiento popular contra la hipermovilidad de los flujos de capital, comercio y migración internacional durante la Gran Depresión.
Los aspectos negativos (los costos) de la globalización son difíciles, tal vez imposibles, de desenredar de los aspectos positivos (las ganancias). Esa puede ser la razón por la que los procesos de globalización han estado siempre sujetos a oscilaciones y reacciones en vaivén del péndulo histórico. Y podría explicar la situación de la globalización en 2019 como resultado, al menos parcial, del profundo descontento de algunos de los perdedores de la fase de hiperglobalización, un descontento que está siendo aprovechado en la arena política de un modo perversamente eficaz.