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Diáspora vasca

cON el ánimo encogido de tristeza, mi memoria evoca una tarde de tormenta en un puerto del que zarpan barcos repletos de gente hacia un nuevo mundo. Llevan en sus corazones el síndrome de Ulises, pero no son como el héroe griego, vencedor en Troya. Más parecidos resultan a los troyanos asediados y derrotados, y sus hazañas no se cumplirá en el Mediterráneo, sino mas allá de un océano, una vez fue llamado Tenebroso. Si hay por tierra rutas de la seda, marfil o plata, debería haber en el Atlántico, una ruta de los vascos.

En el período colonial americano hubo gente de nación vasca cumpliendo hazañas de capitanes del rey de las Españas, a cuyo servicio estaban, fundando ciudades, dando la vuelta al mundo, o proclamando rebelión como Lope de Agirre, congregados en una compañía como la Guipuzcoana, la única del periodo colonial en realizar una hazaña comercial de notable envergadura. Salieron de sus casas por voluntad propia y muchos regresaron.

Tras la independencia de América que procuró un centralismo desmesurado en la península Ibérica, los vascos estuvieron abocados a unas guerras civiles en el siglo XIX, por mantener sus fueros o libertades originarias. De la Primera Guerra carlista un grupo importante se recluye en Uruguay, en el período de la Guerra Grande, formando un Batallón vasco, con sus oficiales propios, para después desperdigarse por la Pampa inmensa. Ellos reciben a los vascos de la segunda carlistada, calibrando que era mejor emigrar que soportar la humillación de la derrota y obligación del impuesto servicio militar, coincidiendo con los vascos de Iparralde en tal afán. La emigración a finales del siglo es importante, Francia se alarma, y personalidades de la cultura forman en sus certámenes poéticos uno especial para evitar que los jóvenes se expatrien a Uruguay. También dirigirán sus pasos a Argentina y Chile, a Cuba y Estados Unidos, donde había espacios amplios y poca población, donde era posible inhalar aire puro y exhalar aliento de libertad.

Esa generación levantó los primeros centros o Eusko Etxeak de América. Buscan reunirse para celebrar oficios religiosos, entonces en latín, pero con sermones en euskera. Es repetitivo no tan solo el deseo de conservar el euskera y fundar ikastolas, sino de reunirse entre ellos, jugar en un frontón, bailar sus danzas y, llegando mas lejos en Argentina, mantener ancianato y orfanato, además de un lugar común en el cementerio. Usaron la ikurriña y el Zazpiak Bat como distintivos nacionales. Hay centros navarros y de Iparralde, pero en general los vascos se unían en hermandad. La redacción de un estatuto del Euskal Erria de Montevideo hace imperativo que los presidentes vayan rotando según territorios. Resultaron ciudadanos ejemplares, laborioso y triunfantes. Sus descendientes llegaron a ser presidentes de las repúblicas de acogida, propietarios de saladeros, chacras y hoteles. A la desgracia de la emigración, la contrarrestaron con la fortaleza de sobrevivir con honor.

Comenzada la Segunda Guerra Mundial, tras la devastadora Guerra Civil española, huyendo del nazismo y franquismo, muchos vascos reemprenden el camino a América. Argentina, en decretos generosos, les abrió las puertas, como Venezuela. Desembarcaron con la cabeza alta pero el ánimo temeroso, al son del txistu y tamboril de Atxurra en La Guaria calurosa y, en el amplio puerto de Buenos Aires, la anciana Aniana Irujo, madre de Manuel, fue recibida por el dantzari Garmendia, de Agoitz, con un brioso aurresku. Los desterrados portaban la ikurriña como su presentación en el nuevo mundo y entre sus viejos compatriotas el abrazo de reencuentro fue desgarrador. Pasado medio siglo, las cosas seguían igual.

A los de Venezuela les tocó crear un Centro Vasco y lo hicieron en 1950. Aportando cada quien según su posibilidad y a fondo perdido, construyeron un hermoso caserío vasco en el cerro rojo de tierra venezolana. La ikurriña ondeó junto a la bandera nacional, pese a las amenazas de la embajada española de negarles visados. En la Gran Semana Vasca, 1943, en Montevideo, ondeó junto a las banderas de Argentina, Chile y Uruguay.

Recordamos este septiembre ese dolor de partida involuntaria, ese desgarro nacional vasco, fruto de políticas aberrantes y guerras sin cuartel. En las prósperas Eusko Etxeas que pueden definirse como embajadas de nuestro pueblo en otros pueblos, cada familia recuerda la expatriación del abuelo/a con dolor, pues permanece la nostalgia del desarraigo en la memoria privada y colectiva. Pello Irujo, nacido hace 78 años en el Hospital de La Roseraie, magnífica realización del Gobierno Vasco en Lapurdi, extrañado de su Lizarra natal, derivó a Venezuela, planteándose como tantos otros, en plena juventud, el retorno a una patria desconocida pero decidido a recuperar su nacionalidad vital arrebatada por la fuerza de las armas.

Un poeta escribió en los Juegos florales de Urrugne, en euskera: “... Nacer en Euskal Herria / morir en América / ¿Qué triste sino me estoy buscando? / ¿Cómo podrá consolarse mi corazón?”. Lo que no se plantea es la desgarradora sensación del desterrado de encontrar otra patria y amarla, que en ella levantará familia y obtendrá sustento económico, manteniendo el estigma íntimamente doloroso de ser de dos patrias a la vez cantado también por el bardo Iparraguirre: “? Baina bihotzak dio zoaz Euskal Herrira”.

Es la palpitación de la diáspora: las dos Euskadis que trabajan por encontrarse y ser.