HIJO de Daniel Irujo, el abogado defensor de Sabino Arana, estudió en Deusto y se licenció como abogado. Fue parlamentario foral, diputado, creador de la Caja de Ahorros de Navarra, diputado, ministro de Justicia y sin Cartera de los gobiernos de Largo Caballero y Negrín, delegado vasco en Londres, presidente del Consejo Nacional Vasco, escritor, músico, historiador, humanista... pero, sobre todo, exiliado.
Don Manuel de Irujo fue además un gran parlamentario. Si Aguirre era la cara visible de la lucha en Cortes por el primer Estatuto de Autonomía, Irujo era quien llevaba el día a día del Grupo, siendo numerosísimas sus intervenciones. Orador fogoso y cargado de datos, ponía fuego en sus intervenciones y, nada de lo vasco, ni de lo humano en general, le era ajeno. Puertos, corralizas, vías férreas, cierres de periódicos, tribunales y grandes debates. En 1935, tras la famosa frase de Calvo Sotelo en el Frontón Urumea de San Sebastián diciendo que más prefería “una España roja que rota”, el siguiente paso del líder de Renovación Española fue pedir la ilegalización del PNV. Y fueron Aguirre, Picavea, Monzón e Irujo quienes protagonizaron un debate sensacional en el que Irujo le llamó a Calvo Sotelo “el último godo”. Fueron tiempos muy difíciles, tiempos de aguda parcialización y enfrentamiento que desembocaron en una guerra espantosa que don Manuel trató de humanizar, visitando en Madrid las morgues, votando siempre en contra de la pena de muerte, tratando de legislar en favor del más débil, regularizando el culto religioso allí donde pudo, en momentos de pasiones desatadas. Hace ahora ochenta años.
Irujo solía decir que él había sido el precio del Estatuto de Autonomía. Desgarrado por la desafección de su Navarra a causa de un cambio de actas fraudulento, cuando Largo Caballero quiso un ministro del PNV en su gobierno, en 1936, el EBB del PNV le dijo que sí, pero antes quería que en el pleno del Congreso se aprobase el Estatuto que ya estaba dictaminado en comisión. El presidente accedió y el 1 de octubre de 1936, Manuel de Irujo, desde el banco azul, aplaudía la votación favorable a aquel articulado cuya tramitación había costado cinco largos años. No es ocioso recordar que, en esos momentos, el nuevo ministro tenía a su madre, su hija, dos hermanas, su hermano menor y una cuñada encarcelados en Pamplona por los militares sublevados. Afortunadamente pudieron ser canjeados.
Autor de numerosos libros, no sé qué hubiera sido hoy de aquel Irujo que escribió miles y miles de cartas. Los archivos están llenos de ellas. En 1976, nos informó de que en Salamanca reposaban cientos de mensajes suyos escritos en su época de ministro. Hoy, con Internet, hubiera sido el campeón de los blogueros y el número uno de los clientes de Euskaltel porque lo mismo felicitaba un cumpleaños o enviaba un pésame que escribía un artículo sobre el alcalde de Ojacastro o coordinaba con portugueses, gallegos y catalanes la edición de un libro sobre la Comunidad Ibérica de Naciones o daba cuenta de su valiente toma de postura el 18 de julio de 1936 logrando la rendición de los militares sublevados en el cuartel de Loyola.
En 1977, regresó del exilio aprovechando la salida del PNV de la clandestinidad y tras la aprobación de nuestras ponencias y la renovación de los cargos. La llegada de Irujo a Pamplona constituía el remate de oro de aquella Asamblea, mientras conservábamos el Gobierno vasco en el exilio hasta tanto no lográramos aprobar el segundo Estatuto.
“Don Manuel. Se ha reunido el Euzkadi Buru Batzar y le traigo el acuerdo en persona para que le invite a volver a su patria porque ya están dadas las condiciones para su regreso.
Queremos además que esté usted presente en la Asamblea Nacional que va a tener lugar en Iruña, donde se aprobarán los cuatro pilares de esta nueva situación, es decir, las cuatro ponencias de organización, política, cultura y economía. Pero hay más. Nos gustaría que volviera usted en un avión que vamos a alquilar para darle más espectacularidad a su regreso aterrizando usted en el aeropuerto de Noain en Iruña”.
Estas fueron, más o menos, las palabras que me tocó transmitirle a don Manuel de Irujo en su despacho de la rue Singer en París en 1977, en nombre del EBB del PNV.
“A lo primero le digo que sí, porque siempre he estado a disposición del Partido y a lo segundo le digo que me parece poco serio, pero que si ustedes lo ven adecuado, lo haré”, me contestó. Y lo hizo.
Al pisar tierra vasca, gritó con las manos extendidas aquello de “Cuarenta años de exilio os contemplan” al llegar donde fue recibido apoteósicamente. Al día siguiente, el alcalde en funciones, Tomás Caballero, le recibió con toda cortesía en el Ayuntamiento de Pamplona.
Y es que, al terminar la Guerra Civil, los vencedores encerraron a don Manuel de Irujo, como a cientos de miles de vascos, en la cárcel del exilio y arrojaron la llave a la intemperie con la secreta esperanza de que la herrumbre del olvido les fuera cubriendo y destruyendo. No había posibilidad de regreso, ni de amnistía, ni de nada. No había perdón siquiera para el hombre que en el Madrid sitiado, como ministro de Justicia, había sido, según frase del padre Alberto Onaindía, un “hombre de paz en la guerra”.
Don Manuel, no obstante, como el lehendakari Aguirre, Landaburu, Rezola, Leizaola y otros muchos no fueron presos fáciles de aquella inmensa cárcel que era la soledad del exilio. Y, a pesar de una guerra mundial, de unas necesidades vitales a veces dramáticas y de mil vicisitudes sin cuento, no solo sobrevivieron sino que actuaron. Ellos no se conformaron con el silencio del olvido sino que hicieron oír, al poco, su voz más fuerte, en forma de artículos de periódicos, de discursos y conferencias, de visitas a otros compatriotas exiliados a lo largo del mundo. Don Manuel de Irujo se convirtió pronto en una personalidad importante y una relación poderosa para Euzkadi y para Europa. Una voz de unión y de libertad. Él supo convertir esa mazmorra del exilio en plataforma de lucha.
Recuerdo, además, como nos contó su salida al exilio en 1939: “La salida de Cataluña a Francia fue en unión de Aguirre, Companys, Tarradellas, Jáuregui y algunos más. Pasamos la frontera a pie por el monte. No costaba demasiado trabajo, es aquel paso un paso meridional del Pirineo”.
Aquel año, 38 años después, Irujo volvía a casa porque Euzkadi, y no otra, era su casa. Aquella llave que el carcelero franquista dejó a la intemperie de Europa con la esperanza de que enroñara y terminara por no abrir ninguna puerta nunca, se convirtió en una llave que brillaba, de pura dignidad, con un fulgor que ni el oro podía emular.
En su cuartito de la rue Singer parisina, en aquella ocasión, me contó lo que en su día había hecho cuando tanto Dionisio Ridruejo, falangista, soldado en la División Azul y uno de los letristas del Cara al sol, así como José María de Areilza, alcalde de Bilbao y embajador franquista en Buenos Aires, Washington y París, tras su abandono del franquismo escribían, se entrevistaban y opinaban sobre cómo debería ser la transición de la dictadura a la democracia. Y él les dijo con todo respeto que era muy bueno evolucionar, reconocer errores y trabajar por la democracia pero que a los exiliados de fuera y de dentro de España, lecciones, las justas; y los conversos, ¡a la cola!
Recordé a don Manuel cuando vi la rueda de prensa del mundo de la izquierda abertzale apostando por un Estatuto de Autonomía a cuatro, Navarra incluida, cumpliendo “a rajatabla”, como dijeron, la ley de partidos, con su apuesta por las vías civiles y democráticas, erigiéndose en líderes de una opción que los demás partidos del arco parlamentario vasco adoptamos hace treinta y nueve años. Seguramente, don Manuel les hubiera dicho lo mismo que a Ridruejo y Areilza. Lecciones, las justas; y los conversos, ¡a la cola!
En el 35º aniversario de la marcha de aquel gigante y en el 80º de su gran actuación en Donosti y en la guerra, el recuerdo cariñoso hacia un hombre que, desde el PNV, fue ante todo un gran humanista, un gran cristiano y un gran demócrata.