LOS vascos celebramos hoy, un año más en este Domingo de Resurrección, el Aberri Eguna. Un día en el que, como se viene haciendo en los últimos ochenta años desde aquella primera edición en 1932, los ciudadanos vascos de toda Euskal Herria, así como los de la diáspora repartida a lo largo y ancho del planeta, se reconocen libremente miembros de una misma patria, Euskadi, y reivindican un lugar propio en el mundo. Esta 80º edición de Aberri Eguna cuenta, además, con algunas particularidades y circunstancias que le imprimen un carácter especial. A nadie se le escapa que las duras consecuencias de la crisis económica que padecen miles de vascos traducidas fundamentalmente en una elevada cifra de paro; el alto el fuego de ETA y los pasos que sigue dando la izquierda aber-tzale oficial con la consecuente esperanza de lograr la paz definitiva en nuestro pueblo; y la cercanía de las trascendentales elecciones municipales y forales que se celebrarán en menos de un mes van a marcar el Aberri Eguna de este año. Se trata, asimismo, del segundo Aberri Eguna desde la reinstitucionalización del país en el que el Gobierno vasco no cuenta con nacionalistas en su seno. Esta es una circunstancia importante, porque en el análisis de situación -del "estado de la nación vasca", se podría decir- en esta jornada de alto sentimiento abertzale y reivindicación nacional no puede escaparse que el gobierno socialista de Patxi López con el apoyo y tutela de su socio el PP está actuando entre la indolencia y la impotencia en la resolución de los problemas más acuciantes de Euskadi. Ni en políticas que faciliten la ansiada paz -hasta el propio presidente del PSE, Jesús Eguiguren, demanda más liderazgo y acción- pese a la extraordinaria oportunidad que existe, ni en las acciones necesarias para paliar los efectos de la crisis y detener un paro que empieza a descontrolarse desde que López es lehendakari ni en materia de autogobierno que redunde en mayor bienestar para los vascos, el actual Ejecutivo está dando la talla. Por otra parte, la cercanía de las elecciones y el interesado debate político, judicial y mediático sobre las candidaturas de la izquierda abertzale ha polarizado el Aberri Eguna hacia terrenos que tienen que ver más con el corto plazo y el puro electoralismo que con estrategias que supongan una verdadera visión de país. Un país que avanza, pese a las dificultades, hacia su lugar en un mundo globalizado en pleno siglo XXI. Pese a la división de convocatorias, mensajes y objetivos en el fragmentado mundo abertzale y al boicot activo de las formaciones españolistas, el Aberri Eguna de 2011 es una magnífica ocasión no solo para reivindicar, sino para renovar y reforzar compromisos para hacer de Euskadi la gran patria de todos los vascos, en libertad y con un horizonte de progreso y bienestar.
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