En siete días, Bilbao estallará en alegría y diversión. Mi Aste Nagusia se tiene que desparramar por las calles de la villa para inundarla de jolgorio y fiesta, en algunos casos, sí, desfasada. Que sirva para hacerme y hacernos olvidar por unos días la maldita realidad que nos agobia. Es mi Aste Nagusia y creo que la de la mayoría de los bilbainos y foráneos que nos visitan. Somos los que entienden que la juerga tiene que ser siempre sana y alejada de malos rollos, de reivindicaciones políticas o instigadores intencionados. Pero la verdad es que casi nunca nos libramos. No hay año que la llegada del agosto festivo no esté manoseada por una polémica auspiciada por los extremos, por los que desean utilizar el recinto festivo de El Arenal o las figuras más representativas de la fiesta para dejar patentes sus posturas. El año pasado fue la censura a la elección de la txupinera por su condición de ser hermana de un miembro de ETA en prisión. Este año es la ausencia de dos txosnas que no cumplieron las ordenanzas la pasada edición la que está caldeando el ambiente. Incluso va a provocar por primera vez que haya un día de barras caídas y un enfrentamiento claro con el Consistorio desde los grupos más radicales. Una postura en la que no están de acuerdo todas las comparsas a pesar de que desde la coordinadora quieran dar una imagen de rocosa cohesión. Mejor sería que ese todos a una se enfocara en conseguir unas mejores fiestas para todos, que fueran más plurales y abiertas y donde la libertad fuera para todos algo habitual.