El mundo contiene el aliento. El presidente de EE.UU., Donald Trump, ha vuelto a situar a Irán en la diana de su política exterior. Tras el “éxito” de la operación que supuso la detención de Nicolás Maduro a principios de este mes, el mandatario estadounidense ha dejado claro que su próxima “misión” tiene como objetivo el régimen de los ayatolás.
A través de su plataforma Truth Social, Trump no ha escatimado en adjetivos. El despliegue naval que se dirige hacia las costas iraníes no es una simple maniobra de disuasión. Se trata, en palabras del presidente, de un contingente “enorme”, liderado por el portaaviones de propulsión nuclear USS Abraham Lincoln, que supera en potencia al enviado recientemente al Caribe.
La advertencia de Trump es tajante: la flota está lista para actuar con “rapidez y violencia”. Esta retórica no es nueva, pero adquiere una gravedad distinta tras los sucesos en Caracas. Al comparar explícitamente la situación de Irán con la de Venezuela, Trump sugiere que el cambio de régimen no es solo una posibilidad teórica, sino un objetivo operativo. “Está lista, dispuesta y capacitada para cumplir su misión”, aseguró, instando a Teherán a sentarse a negociar un acuerdo “justo” que elimine cualquier aspiración nuclear.
El fantasma del “Martillo de Medianoche”
Para entender el nivel de alerta en Teherán, hay que echar la vista unos meses hacia atrás, concretamente a junio de 2025. Durante la llamada “Guerra de los doce días” iniciada por Israel, EE.UU. ejecutó la Operación Martillo de Medianoche. Aquel ataque dejó una huella de destrucción profunda en las infraestructuras iraníes. Trump ha utilizado este precedente como un ultimátum: “No dejen que eso vuelva a suceder”, advirtió, subrayando que la próxima embestida “será mucho peor”.
El contexto interno en Irán tampoco ayuda a la estabilidad. El país acaba de salir de una ola de protestas que estallaron a finales de diciembre de 2025. Aunque el régimen logró sofocar las manifestaciones de los días 8 y 9 de enero mediante una represión que ha dejado un saldo trágico –entre 3.117 fallecidos según cifras oficiales y más de 6.000 según ONGs como HRANA–, la fractura social es evidente. Así, Trump ha capitalizado este descontento interno para justificar el movimiento de su flota.
Guerra ante diálogo
La respuesta del Gobierno iraní ha sido ambivalente. Por un lado, la Misión Permanente ante la ONU ha manifestado su disposición al diálogo basado en el “respeto mutuo”. Por otro, la advertencia gélida de que, si Irán se ve acorralado, responderá “como nunca antes”. Asimismo, las autoridades iraníes han recordado a Washington el coste de sus intervenciones pasadas en Irak y Afganistán, cifrado en “siete billones de dólares y miles de vidas estadounidenses”.
En las calles de la capital, reina un ambiente de tensa calma, pero en la plaza Revolución, los ciudadanos se preparan para lo peor. Ahmad, un profesor de inglés de 42 años, relata cómo ha comenzado a acumular comida y efectivo. “El miedo es mayor ahora porque siento que los ataques de EE.UU. serán más destructivos”, afirma, recordando el trauma de los bombardeos de junio de 2025.
Sin embargo, el régimen mantiene su postura desafiante. Murales en la plaza Palestina muestran ataúdes cubiertos con banderas estadounidenses bajo el lema “cuidado con tus soldados” en tanto que el viceministro de Exteriores, Kazem Ghariabadi, asegura que la guerra es hoy más probable que la negociación.
El mundo observa con cautela después de que Trump asegurara que “el tiempo se acaba”. Su estrategia parece ser una presión máxima que combina el asfixiante cerco militar con la oferta de una mesa de negociaciones “equitativa”. Sin embargo, con el portaaviones Lincoln surcando las aguas hacia el Golfo Pérsico y un Irán que asegura estar listo para el “peor escenario”, el margen para la diplomacia se estrecha cada hora que pasa.