BILBAO
Michel Martelly (12-2-1961, Puerto Príncipe) se convertirá el 20 de mayo en el nuevo presidente de Haití. Hasta ahí, nada extraño, de no ser porque previamente a su carrera en la política se le conocía bajo el sobrenombre de Sweet Micky, cantante pionero de la música kompa, el chico malo de un ritmo afrocaribeño de origen haitiano. De hecho, ha manejado la campaña como si se tratara de una estrella de rock, desplegando una incansable energía y haciendo de su otro apodo, cabeza rapada, un grito de guerra que ha calado en la juventud.
Se presentó ante el pueblo como la persona indicada para representar el sueño de un mejor porvenir para su país, libre de la pésima fama que arrastran los políticos haitianos. Propulsado por el partido Repons Peyizan (Respuesta Campesina), se ha fajado en insistir que el principal problema es el económico, por lo que prometió que velaría por la seguridad jurídica para promover la llegada de inversiones extranjeras. El reto que tiene por delante no es fácil, ya que deberá tomar las riendas de la lenta reconstrucción del país más pobre del continente americano, afectado el 12 de enero del 2010 por un terremoto de 7,3 grados que dejó 222.570 muertos y alrededor de 1.300.000 damnificados, de los cuales 680.000 viven todavía en campamentos. Igualmente, tendrá que solventar una epidemia de cólera que desde mediados de octubre ha causado el fallecimiento de 4.717 personas y ha infectado a otras 258.084.
Criado dentro de una familia de clase media donde su padre ejercía de supervisor de una planta petrolífera; Martelly, que aprendió cómo tocar el piano por sí mismo, cursó estudios en la escuela católica Saint Louis de Gonzague y en el Centro de Estudios Secundarios con el fin de acceder a la Escuela de Medicina. Pero, tras ser rechazado en las pruebas de acceso, se decantó por inscribirse en la Academia Militar Haitiana, si bien luego desertó por haber dejado embarazada a la hija del General y emigró a Estados Unidos junto a su esposa norteamericana para trabajar en el sector de la construcción. En 1986 se divorció y optó por retornar a Haití cuando el dictador Jean-Claude Duvalier era derrocado y llevado al exilio.
Sweet Micky volvió a suelo estadounidense con su nueva novia, Sofía, para casarse con ella en Miami y tener el primero de sus cuatro hijos, Oliver. Es de regreso a su país natal cuando empieza a tocar el teclado en eventos locales de Petionville y Kenscoff, ambos suburbios de Puerto Príncipe, alternándolo con su trabajo en un supermercado. Martelly lanzó a finales de los ochenta un primer disco de kompa -que navega entre el soka, merengue y reggae- pero, como abandonó sus estudios de ingeniería, muchos le achacan su falta de formación y excesos en el escenario. Como cuando en pleno concierto se bajó los pantalones.
revueltas en su favor Sus seguidores admiran, por contra, su capacidad de superación. No solo los más pobres han depositado su confianza en él. En diciembre, el Consejo Electoral declaró ganadores de la primera vuelta a la profesora Mirlande Manigat y al oficialista Jude Celestin -yerno del presidente René Préval-, dejando a Martelly fuera. Pero las violentas protestas en Puerto Príncipe provocaron la intervención de la Organización de Estados Americanos, que denunció fraude y señaló que Swett había sido segundo, y eso hizo que su popularidad subiera como la espuma. Ha enganchado con el elector al ser considerado un político informal alejado del establishment, un soplo de aire fresco semejante a la música que compone. Educación, creación de empleo y reconstrucción nacional formaban parte de los programas de unos y otros, pero se ha impuesto el carisma de Martelly, por mucho que algunos analistas le tachen de "populismo de ultraderecha".
La llegada del expresidente Jean-Bertrand Aristide ha supuesto otra prueba para Martelly, al ser bien conocida la antipatía que tiene por el popular político de izquierdas -a comienzos de los 90 Martelly empezó a ser identificado con la junta militar que depuso Aristide en 1991-. "Me habéis dado vuestra confianza a mí, al chico malo, para conducir el país a buen puerto y dejar de lado los viejos demonios y disputas. Es esta una nueva era", proclama.