Los certámenes del motor tienen un poco de pasarela de moda, algo de centro comercial, un punto de galería de arte y bastante de feria de las vanidades. Los fabricantes los potencian y frecuentan para mostrar nuevas creaciones e hipótesis de futuro a menudo improbables. Los salones del automóvil cumplen, además, una función premonitoria: son la bola de cristal que permite vislumbrar cómo serán los coches que conduciremos en un porvenir más o menos inmediato. El que ayer abrió sus puertas en Bruselas constata la evidente supremacía de la electrificación en la oferta de vehículos y acoge un nuevo asalto del combate que la industria europea del ramo va perdiendo ante la concurrencia china.

Las exposiciones del motor presentan cierta analogía con las pasarelas de alta costura. En ambos eventos desfilan algunos modelos para los que trascender a la calle resulta imposible, bien porque son ejercicios de estilo efímeros o bien porque no encajan ni física ni financieramente en las posibilidades del gran público. A veces, ni siquiera sintonizan con sus deseos o aspiraciones.

Es lo que pasa con la avalancha de propuestas 100% a batería, que cada temporada engorda más los catálogos que las matriculaciones. La primera cita del año no es una excepción y presenta un menú tan copioso como poco variado. Se puede elegir formato, tamaño y precio, pero el método de impulsión es, cada vez más, exclusivamente eléctrico. Es un hecho que, como las lentejas, aceptas o dejas.

A esa batalla por el mercado y por el relato se alistan ahora, con tanta resolución como retraso, los constructores europeos que faltaban. En el sector hay división de opiniones sobre el futuro que espera a la industria local, superada cronológica y tecnológicamente por la china en la cosa de la electrificación.

Se percibe en el Brussels Motor Show y en cualquier otro certamen actual. El belga acapara en los últimos años un protagonismo creciente, coincidiendo con la espantada del Salón de Ginebra. Es probable que ese acenso obedezca en buena medida a su ubicación en la capital política de la Unión Europea. Bélgica es un mercado importante desde el punto de vista cualitativo, pero no tanto por el número de unidades que absorbe.

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El año pasado contabilizó casi 415.000 matriculaciones de coches, un 7,5% menos que en 2024. Es, sin duda, un volumen respetable para un país que no alcanza los doce millones de habitantes. Por esa regla de tres, el español debería de haber rozado 1,7 millones de entregas en 2025, en vez de 1.143.000. El único parecido entre ambos países es que las transferencias de vehículos de ocasión duplican a las matriculaciones de nuevos modelos.

La clientela belga es algo peculiar. Lo demuestra su escalafón de marcas favoritas, insólito en cualquier otro mercado. La lista de ventas está encabezada por BMW, con casi 45.000 pedidos, seguida por Volkswagen (39.000) y Mercedes-Benz (30.500). Los crecimientos más llamativos durante el año pasado los protagonizan Mini (+30% con 7.600 unidades), MG (+41% con 6.000 coches) y BYD (+75% con 4.400 ejemplares).