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El Piquillo | Crónica Social

Pablo Alborán y el final de un silencio demasiado largo

Durante años, Pablo Alborán cantó al amor mientras otros decidían en qué género debía conjugarlo. Salir del armario en 2020 no fue una estrategia, fue una liberación

Pablo Alborán y el final de un silencio demasiado largoEP

Hay historias de amor que empiezan en un camerino, otras en una fiesta y algunas -las mejores- después de una guerra. La de Pablo Alborán pertenece a esta última categoría: la guerra fría que durante años libró contra una industria que le pedía canciones universales…, siempre que el pronombre fuera femenino.

Porque ahora (visto con perspectiva) todo parece sencillo, natural, lógico. Pero no lo fue. Durante más de una década, el artista nacido en Málaga hace 36 primaveras sostuvo un relato romántico diseñado para no incomodar a nadie. Mientras medio mundo suspiraba con Solamente tú o Te he echado de menos, pocos reparaban en que detrás de aquel lamento afinado había un sollozo masculino. Y no por estrategia propia, para nada, sino por cálculo ajeno. La industria musical estatal -tan moderna para unas cosas, pero tan decimonónica para otras-, decidió que el mercado era femenino y que la fantasía debía mantenerse intacta. 

Lo que pasó con Ricky Martin

El precedente de Ricky Martin estaba demasiado fresco: la heterosexualidad como inversión, el armario como cláusula no escrita. De hecho, hubo episodios que hoy, vistos con distancia, son directamente crueles. Uno de los más comentados en los corrillos editoriales durante años lo ha relatado en numerosas ocasiones mi querido Luis Pliego, director de la revista Lecturas: el representante del cantante llegó a convocar a uno de sus exnovios para comunicarle que la relación debía terminar porque “se habían filtrado imágenes de ambos juntos”. Así, sin anestesia. La explicación fue simple: el amor estorbaba al marketing. Y el resultado, devastador: “No le dejaron volver a verle”. 

El cantante Pablo Alborán en una imagen del pasado mes de marzo.

Y entonces llegó el año 2020. El mundo se confinó, los balcones se llenaron de aplausos y el 17 de junio, en plena desescalada covid, Pablo Alborán hizo lo que seguro llevaba años ideando: salir del armario a través de las redes sociales. Hubo aplausos y críticas -algunas injustas desde el propio colectivo- que cuestionaron “tiempos tardíos”. Pero servidor siempre ha defendido que cada cual es dueño de sus silencios y de sus revelaciones. La valentía no entiende, y nunca mejor dicho, de calendario.

Muestra de ello es que desde aquel vídeo, el cantante respiró. Y con su resoplido cambió el relato. Lo que antes era misterio, ahora era protección consciente. Lo que antes era imposición, ahora elección. Porque rumores hubo muchos: historias susurradas en photocalls, confidencias interesadas en platós, insinuaciones con vocación de trendingtopic... Con la boca pequeña pero la intención grande, el propio Pelayo Díaz dejó caer más de lo que decía en el programa De Viernes. El salseo tramposo en modo críptico. Esa especialidad de contar sin contar nada. Curiosamente, ha sido de los pocos testimonios que no han acabado convertidos en carnaza familiar en el brillantemente bautizado por Los Kikos (Hernández y Matamoros) como Pon a parir a tu madre.

Imagen subida a por Pablo Alborán a su cuenta pública de Instagram recientemente con su pareja.

Un navarro de Cintruénigo

Pero hasta este febrero, ni Pablo ni su entorno habían dicho ni Pamplona sobre su vida privada. Y de repente, Navarra ha hablado. Mejor dicho: la Ribera. El nombre propio es Juan Sesma Garbayo. Navarro, 27 años, de Cintruénigo de toda la vida, con formación en Barcelona y residencia actual en Madrid. Confirmación oficial. Sin filtraciones a medias. Su perfil profesional no es accesorio: creador multidisciplinar. Fotógrafo, modelo y actor. Estudió en Creanavarra y en el IED Barcelona. Ha trabajado donde ha hecho falta -almacenes, estudios creativos, brochas en mano- y hasta ha ejercido de rey Gaspar en la cabalgata de su pueblo.

Entre sus amistades figuran nombres conocidos del ecosistema artístico joven: Alejandro Albarracín, Martín Urrutia, Juanjo Bona o la Yenesi. Y según cuentan las malas lenguas -que en Navarra también existen- el actor Carlos González Fernández (también cirbonero) habría ejercido de discreto celestino junto al siempre influyente tándem formado por Javier Calvo y Javier Ambrossi (Los Javis). Si esto no es denominación de origen sentimental, que baje San Francisco Javier y lo vea.

Lo interesante de esta historia no es solo la nueva pareja de Pablo Alborán y su felicidad, que también. Es el cambio de paradigma. Hace quince años, esta relación habría sido gestionada en un despacho con cláusula de confidencialidad. Hoy se confirma sin dramatismo, sin exclusiva lacrimógena y sin necesidad de performance reivindicativa. ¡Es solo amor! Amor navarro.