Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”, dijo el Papa León XIV durante su visita a España. Hoy esta advertencia cobra aún más sentido en un contexto de creciente deshumanización. Hablar de fraternidad resulta imposible si se señala al diferente, y reivindicar la fe cristiana carece de sentido mientras prosperen discursos de rechazo, exclusión o enfrentamiento. Invocar el Evangelio para justificar que unas personas valgan más que otras solo revela una estrategia con trasfondo ideológico y político. En un momento en que algunos sectores defienden una vivencia de la fe más clasista y centrada en la identidad, la tradición o la práctica religiosa individual, León XIV ha insistido en una concepción del cristianismo que se proyecta hacia los demás y ha alentado a los católicos españoles a que no se encierren “en una devoción privada”, sino que abran a los que “a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza”. El Papa también ha insistido en la necesidad de rechazar la violencia, superar la polarización y apostar por el diálogo y la reconciliación. Además, ha advertido sobre el enorme coste humano de las guerras y ha pedido a los líderes mundiales que prioricen la negociación y la paz frente a la confrontación. Son palabras que llegan en un momento especialmente convulso, con Ucrania, Líbano y Palestina convertidas en escenarios permanentes de sufrimiento y con una comunidad internacional que parece incapaz de encontrar soluciones duraderas. Desliza ante miles de creyentes que la fe no puede vivirse de espaldas a la realidad. Tampoco la Iglesia puede limitarse a observar cuando están en juego la dignidad humana, la convivencia o los derechos de las personas. Menos aún cuando proliferan discursos ultras que levantan barreras entre unos y otros, convierten al diferente en una amenaza o alimentan el miedo como herramienta política. En ese sentido, el mensaje de León XIV supone también una llamada de atención hacia dentro. Porque si la Iglesia quiere seguir siendo una referencia moral para millones de personas, debe demostrar que está dispuesta a comprometerse con los problemas reales de la sociedad, “a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común”. Siguiendo la senda del Papa Francisco, la Iglesia necesita líderes capaces de recordar que la dignidad humana no admite excepciones.
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