Cuando está a punto de cumplirse el segundo mes de la guerra en Oriente Próximo, nadie sabe si el conflicto afronta sus últimos coletazos o si seguirá castigando a la economía mundial durante mucho tiempo. Una guerra de motivaciones claramente energéticas que tiene en el control del Estrecho de Ormuz una madeja -quizá la más importante- tanto para terminar de desenredarla como para enquistarla. Y cuando parecía que íbamos hacia una solución, con la reapertura este viernes de esa lengua de agua por la que transita alrededor del 20% del petróleo y el gas natural licuado que consume el mundo, todo ha vuelto a la casilla de salida. 

Ni siquiera 24 horas ha permanecido abierto el estrecho, lo que ha sido un jarro de agua fría en las expectativas para alcanzar la paz y da idea de la desconfianza que existe entre los principales actores de este conflicto. Las autoridades iraníes argumentan que su decisión de dar marcha atrás en la reapertura obedece al bloqueo que Estados Unidos ha comunicado que mantendrá sobre la zona, que prácticamente inhabilita el comercio marítimo de Irán, tanto de entrada como de salida.

En todo este embrollo, hace ya mucho tiempo que las palabras de Donald Trump no sirven para aclarar el panorama. El principal responsable de este conflicto continúa empeñado en mandar mensajes sobre su inminente final, con el objetivo de calmar los mercados bursátiles y contener una inflación que le está pasando una dura factura interna, pero se topa con una realidad bien distinta. El final tendrá que pactarlo con Irán, que lejos de amedrentarse ante la objetiva superioridad militar de EE.UU., volvió a advertir ayer sábado que su Armada está lista para infligir “nuevas y amargas derrotas” a sus enemigos.

Y mientras el cruce de amenazas continúa como el primer día, nadie garantiza que vaya a prorrogarse el actual cese del fuego que terminará el próximo miércoles, al tiempo que Israel aprovecha la coyuntura para proseguir sus bombardeos en el sur del Líbano desoyendo incluso la prohibición que le había impuesto la Casa Blanca. Todo en un estadio de confusión generalizada y con continuos giros de guión que hacen muy difícil prever cuál va a ser el próximo capítulo.