Las discrepancias entre Ursula von der Leyen y António Costa, con el presidente del Consejo corrigiendo y provocando la rectificación de la de la Comisión al recordar que la Unión Europea (UE) debe defender un orden internacional basado en reglas, son el síntoma de un mal más profundo: Europa sufre una crisis de liderazgo colectivo. La Europa que impulso el mayor período de prosperidad colectiva, la de Jean Monnet, Schuman o Adenauer, pero también la de Kohl, Delors o Martens, fue la que supo poner la reconciliación y el interés colectivo frente a los cálculos partidistas y de construir instituciones comunes sobre la base de la cooperación entre sensibilidades conservadoras, socialdemócratas, democristianas y liberales. Aquellas generaciones entendieron que la suma de soberanías compartidas elevaba el bienestar y los estándares democráticos de todos desde el respeto a cada uno. Ese impulso llegó a rozar una Constitución europea, frustrada por los referendos de Francia y Países Bajos en 2005 y por un cambio de ciclo que introdujo frenos sectoriales y nacionales al proyecto de unión política. Desde entonces, los límites a la integración han venido determinados por agendas internas a costa de la visión de compartida que determinó el modelo de éxito. La propia gestión de las crisis previas –la deuda pública, la financiera de 2008, la pandemia, etc.– acreditó la virtud de aquel modelo, actualizado con herramientas nuevas y compromisos renovados.
Ahora, la guerra en Oriente Próximo ha sido la espoleta de un proceso larvado: la sustitución del liderazgo para el proyecto europeo por la adaptación del status quo a visiones domésticas. Hoy, las agendas de poder nacionales condicionan la relación de los Estados con las instituciones comunes, y no al revés. En lugar de un núcleo fuerte que sume a todos, emergen liderazgos locales celosos de su cuota de poder. Por evitar una Europa de varias velocidades se corre el riesgo de carecer de ella. Una nueva generación de líderes deberá pactar una agenda compartida que recupere las claves originales de la integración: paz, cooperación, democracia, bienestar y derechos. Si la UE renuncia a liderar desde esos principios, solo quedará un mosaico de taifas que buscan rentas de un mercado común cada vez más dependiente de decisiones ajenas.