Se cumple el primer aniversario del segundo mandato de Donald Trump y, con él, el primer año de un nuevo orden mundial caracterizado por el autoritarismo, la primacía de la fuerza y la ruptura deliberada de los consensos multilaterales. Europa no ha quedado al margen de este giro. Muy al contrario, la Unión Europea se ha convertido en uno de los objetivos preferentes del nuevo inquilino de la Casa Blanca. La nueva estrategia de seguridad del Gobierno estadounidense, llamada a marcar su política exterior en los próximos años, supone un golpe frontal contra la UE, a la que retrata como una región en decadencia. Se la acusa de socavar la libertad y la soberanía, de pisotear principios democráticos para reprimir a la oposición y de conducir, a través de su política migratoria, a la desaparición de la civilización europea. No es una retórica inocente. A estas descalificaciones se suma un intento explícito de dividir Europa mediante el apoyo a los llamados “partidos patrióticos”, eufemismo tras el que se esconden las formaciones de extrema derecha. Hasta ahora, la reacción europea ante esta metamorfosis del histórico aliado ha oscilado entre el desconcierto y una preocupante sumisión. Sorprendidas y con el pie cambiado, las instituciones comunitarias y muchos gobiernos parecen haber encontrado refugio en un discurso que busca equiparar a Europa con EE.UU., Rusia o China a través del refuerzo de la defensa. Más gasto militar, más músculo armamentístico como fórmula casi exclusiva de disuasión y respeto. Sin embargo, Europa no debería olvidar que su futuro no se juega únicamente en los equilibrios geoestratégicos globales, sino, sobre todo, dentro de sus propias fronteras, ante su ciudadanía. Y hoy, lo que avanza con fuerza son los partidos de ultraderecha y las ideas que defienden, auténticos aliados ideológicos de Trump. Este frente antiproyecto europeo choca frontalmente con los valores esenciales sobre los que se ha construido la Unión. La respuesta al nuevo orden mundial que pretende imponer la doctrina Trump no puede limitarse a una carrera armamentística ni a una imitación de modelos ajenos a la tradición europea. La integración europea en todos los órdenes, la defensa sin complejos del modelo social, político y económico que ha garantizado décadas de paz y prosperidad, y el refuerzo de una convivencia basada en derechos y libertades son el verdadero antídoto frente al autoritarismo.
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