bilbao. ¿Hacia dónde va el ciclismo? Ahora que es enero y se despereza, los que perduran hablan de una nueva era, de un cambio de cultura, del ciclismo 2.0 y cosas parecidas que tienen que ver, sobre todo, con el destierro definitivo del dopaje, una práctica, eso se cuenta como un mantra, de otro tiempo. De no muy lejos viene Lance Armstrong, al que la USADA persiguió y señaló como eje de un imperio de corrupción y dopaje cuyo principal objetivo era que el tejano ganase el Tour. Los entresijos de esa trama se recogen en un informe demoledor que consta de 202 páginas. Confesiones, fechas, documentos, emails, llamadas, conversaciones... Todo con la suficiente consistencia y credibilidad como para que la UCI decidiera hace unos meses borrar el palmarés del americano, sus siete Tours, y enviarle al olvido. Entonces, Armstrong no dijo nada. Ni que sí ni que no. Su silencio y la falta de la prueba definitiva de un resultado positivo en los centenares de controles a los que fue sometido durante casi dos décadas de carrera alimentó la resistencia de los incrédulos que querían seguir creyendo. Soñadores. Esa trinchera tan débil desapareció ayer. Si quedaba, ya no hay duda. La borró Armstrong, que según los medios estadounidenses que citan fuentes anónimas ha reconocido en una entrevista a Oprah Winfrey que se dopó desde mediados de los 90, antes incluso de sufrir el cáncer del que regresó para encadenar siete Tours, una marca increíble.
Era mentira. Lo dice Armstrong. Se dopó. Esa es la verdad.
Se lo contó el lunes Armstrong a su amiga Winfrey -cerraron la entrevista durante las Navidades que ambos pasaron en Hawai con sus respectivas familias- en su mansión de Austin en una conversación de dos horas y media, durante las cuales responde a un centenar de preguntas que se emitirán mañana -3.00 de la madrugada del viernes en Euskadi a través de Discovery Max-.
El tejano, adelantó la presentadora católica a la que hace años también confesó su pecado de dopaje Marion Jones, no responde a todas las cuestiones que se le plantean. "Pero sí a las más importantes, las que todos los aficionados querían oír", revela la presentadora, que habla de la sensación de "honestidad" que manaba de las palabras del exciclista. Contó que se presentó ante él tras haber estudiado el informe de la USADA como si fuera a hacer un examen pensando que tendría que tirar de los datos, los testimonios allí expuestos, las fechas o las conversaciones que le inculpan para sacarle una confesión que, por otra parte, parece estar pactada y ya fue anunciada cuando se conoció la existencia de la entrevista. "(Armstrong) no se sinceró de la forma que yo esperaba. Para mí fue sorprendente. Estábamos fascinados y cautivados por algunas de sus respuestas. No tuve que hacer nada de lo que pensaba, porque él fue muy honesto", explicó Winfrey, que también le pregunta en la entrevista por el motivo que le empuja a confesar ahora después de negarse a hacerlo durante tantos años.
Las razones de la confesión Adelanta la presentadora que la respuesta a esa cuestión es desconcertante. Desvestido de arrogancia, en el mismo tono serio y amable en el que transcurre la conversación, Armstrong le expone a Winfrey un razonamiento que esta no acaba de entender muy bien. Los motivos, de todas maneras, serían varios. Pero el que con más fuerza le impulsaría a confesarse sería el deseo personal de redención.
Armstrong siempre pensó en primera persona y se le inflama el orgullo con el castigo al olvido y la condena a perpetuidad que le prohíbe participar en cualquier deporte olímpico de manera oficial. Eso incluye el triatlón, la especialidad en la que volcó su ambición, las ganas de competir y el deseo insaciable de ganar, después de su segunda despedida del ciclismo tras el infructuoso asalto al octavo Tour en las ediciones de 2009 y 2010. Según el New York Times, el tejano habría planificado una inminente reunión con la AMA para tratar el asunto de su sanción y mitigar el castigo para poder volver a competir. En su reglamento, el máximo estamento en la lucha contra el dopaje concede a los confesos, los arrepentidos por la debilidad ante la tentación de una vida mejor y unas piernas supersónicas, el perdón reflejado en una reducción de la penitencia y la posibilidad de volver al redil. Eso buscaría Armstrong. Una amnistía por su confesión.
"Sólo si el señor Armstrong hace una confesión completa bajo juramento y dice a las autoridades antidopaje todo lo que sabe sobre las actividades de dopaje, podría haber un proceso legal y apropiado para reabrir o reconsiderar su sanción de por vida", respondió David Howman, director general de la AMA. "Hemos seguido con interés los informes de los medios que hablan de una confesión hecha en televisión por Lance Armstrong", abundó; "pero aunque la AMA anima a todos los deportistas a revelar las actividades de dopaje en las que se hayan visto envueltos, esos detalles deben ser trasladados a las autoridades".
La UCI también anunció que espera con impaciencia la emisión de la entrevista, aunque no explicó si esa incertidumbre se debe al contenido de la declaración de Armstrong en relación a la salud del ciclismo o la suya propia, pues según varios medios, el tejano habría señalado a varios de sus miembros -Heinn Verbrugge, ahora en el COI, era su presidente en la primera parte de la carrera de Armstrong y Pat McQuaid su sucesor en el cargo- en relación con algunos de los casos de dopaje.
La cárcel y la ruina Pese a que la confesión de varios de sus excompañeros, algunos tan unidos a él como George Hincapie, es parte fundamental del informe de la USADA que le derribó, Armstrong no habría declarado durante la entrevista contra ningún otro ciclista, aunque la CBS anunció ayer que una declaración en ese sentido podría ser la moneda de cambio que evite su ingreso en prisión.
Corre el riesgo de acabar entre rejas, el destino final de Marion Jones hace unos años tras su confesión, por la ley estadounidense que tipifica el perjurio como pena ineludible. Armstrong nunca antes del lunes había reconocido el uso de sustancias prohibidas y, lo que constituye el delito, declaró en 2005 ante un juez no haber recurrido al dopaje en ningún momento de su carrera.
En la mentira y el riesgo de cárcel empiezan las consecuencias de la confesión de Armstrong, que se extenderían, ya lo hacen, al aspecto económico. Las demandas se le apelotonan y podrían alcanzar una cifra superior a su propia fortuna, cercana a los 96 millones de dólares. Los damnificados llaman a su puerta: el Departamento de Justicia de Estados Unidos, que podría unirse a la demanda federal que ha puesto Floyd Landis por fraude; US Postal, que durante su patrocinio financió el equipo con unos 30 millones de dólares de dinero público que podría reclamar; una empresa de promociones de Dallas que pagó varios millones de dólares en bonos por cada una de las siete victorias en el Tour; la devolución de los premios; o una demanda de The Sunday Times, que quiere recuperar 500.000 dólares que tuvo que pagar tras un juicio por unas acusaciones de dopaje contra el tejano.
Pagará todo eso él solo. El ciclismo es un deporte individual. Durante siete años seguidos solo Armstrong ganó el Tour; ahora es justo que responda después de que, como reconoce, se sepa que pedaleó sobre una mentira de dopaje. ¿Pero ahí se acaba el trayecto del informe de la USADA y la confesión de Armstrong? ¿Qué hay de la UCI, que recibió una donación de 120.000 dólares por parte del tejano? ¿Y del laboratorio de Lausana, que pudo facilitar al corredor las claves sobre los test antidopaje? ¿Por qué Armstrong nunca dio positivo? ¿Qué hay del Tour, que miró a otro lado mientras el americano le abría el mercado mundial? El ciclismo no puede avanzar con ese pasado sin respuesta pegado a rueda. Ni puede cambiar sin cambiar.